Barcelona, España.– El Estadio Olímpico Lluís Companys, escenario de la inauguración de los Juegos de 1992, acogió una noche diferente. No hubo atletas ni antorchas. Decenas de miles de personas se congregaron para una vigilia de oración presidida por el papa León XIV. El acto comenzó a las 18:00 horas, con música de Conchita, Beret, Alfred García y Álvaro Soler. A las 19:35, las pantallas mostraron la imagen del pontífice en la puerta. El estadio rugió.
Durante el evento, el Papa respondió con emoción a tres testimonios en el Estadio Olímpico Lluís Companys: “Te has levantado y has retomado el camino: este es un milagro maravilloso”, dijo a una joven que intentó quitarse la vida. A otra víctima de violencia familiar le pidió no desanimarse en el camino del perdón. La vigilia incluyó castells, rumba y la bendición de 33 ambulancias para Ucrania.
Previo al inicio litúrgico, Prevost bendijo las ambulancias solidarias enviadas para atender a las víctimas de la guerra en Ucrania. Apareció acompañado por la religiosa Lucía Caram, conocida por su labor humanitaria. Luego, el Papa dio una vuelta al estadio en papamóvil que duró casi 20 minutos. Se detuvo con todos. Cogió en sus brazos a decenas de bebés. Un gran castell, erigido por collas castelleras, lo recibió al llegar al altar. El cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, explicó que la torre humana, símbolo de la cultura catalana, llama a “edificar una nueva Barcelona que sea ciudad de Dios, como la quería Gaudí”.
Tres preguntas, tres heridas: depresión, suicidio y violencia machista
El momento central de la vigilia fue el diálogo con tres jóvenes. La primera, una chica que recibió el Bautismo en la última Pascua, preguntó cómo mantener la mirada alzada en una sociedad que empuja al suelo y al individualismo.
León XIV respondió en catalán y español. Habló de cultivar “una sana inquietud” frente a la idolatría del beneficio y el rendimiento. “Cuando las personas aprenden a detenerse, a dar valor a las cosas importantes, a apreciar el tiempo de modo nuevo y a pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio, desarrollan también un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro”, dijo.
La segunda joven compartió su lucha contra la depresión. Relató que una noche perdió la batalla e intentó quitarse la vida. “Te has levantado y has retomado el camino y este es un milagro maravilloso”, le respondió el Papa. Se refirió a la depresión como “enfermedad silenciosa” y pidió un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades “este malestar invisible y generalizado”.
El pontífice vinculó esas horas de oscuridad con la oración de Jesús en Getsemaní y su muerte en la cruz: “Dios no nos abandona. Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema”. Advirtió contra la tentación de espiritualizar el dolor reconduciéndolo superficialmente a la voluntad de Dios. “Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros”, recordó citando a Francisco.
La tercera joven narró una historia aún más cruda. Su padre intentó matar a su madre. Un joven que se interpuso murió. El padre fue a la cárcel. La madre cayó en las drogas. Ella ingresó en un centro de menores a los diez años. Allí conoció a Jesús, se bautizó, pero aún le cuesta perdonar a su padre: “¿Dónde estabas cuando era una niña?”, le preguntó al Papa.
Prevost la abrazó con emoción. El estadio aplaudió. Respondió: “¿Debemos preguntarnos ‘dónde estaba Dios’ o debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos?”.
No atribuyó a Dios lo que es responsabilidad humana. Sobre el perdón, dijo que es un proceso, un camino largo: “No debemos pensar que el perdón equivalga siempre a volver a la situación anterior o a vivir una relación plena con quienes nos han herido, especialmente cuando el hecho ha sido marcado también por la violencia”. Aconsejó rezar por el agresor. “Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar”.
'Somos mendigos de amor'
En su homilía, el Papa tomó como figura a Nicodemo, que fue a ver a Jesús de noche: “También nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche”, dijo. “Somos mendigos de amor, tenemos hambre y sed de verdad”. Afirmó que las noches de la vida, de la fe y de la historia “son un lugar de bendición, un espacio para renacer”. Pidió no juzgar las noches, sino ponerse en camino. Y lanzó preguntas a la sociedad española: “¿Cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren? ¿Qué estamos llamados a cambiar?”.
La vigilia concluyó con Sergio Dalma cantando junto a la Escolanía de Montserrat. El estadio, que en 1992 vio ganar a Kiko Narváez el gol de oro del fútbol olímpico, celebró otro tanto, esta vez espiritual.
Encuentro con los agustinos
Horas antes de la Vigilia, en el Palacio Arzobispal, el Papa tuvo una reunión no prevista en la agenda oficial. Por iniciativa del cardenal Omella, decenas de miembros de la Familia Agustiniana (agustinos, agustinas misioneras, contemplativas y de la Consolación) procedentes de Valladolid, Zaragoza, León, Portugal y Roma fueron separados del besamanos general y escoltados a la capilla.
León XIV, que fue prior general de la Orden de San Agustín entre 2001 y 2013, rompió el protocolo. Invitó a todos a sentarse: “Me alegra mucho que estemos aquí reunidos como familia agustiniana”, dijo. Preguntó por los Agustinos Recoletos y al enterarse de que no tienen presencia en Cataluña, mostró interés. Animó a los religiosos a ser “fermento de unidad y comunión” en un mundo marcado por las divisiones.
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