Madrid, España.– Los obispos españoles esperaron más de dos horas en la sala de plenarias de la Conferencia Episcopal Española (CEE) para sostener el encuentro con el papa León XIV; una oportunidad para la que, sin embargo, habían aguardado 15 años. La visita coincidió con el 60 aniversario de la CEE, fundada en 1966. El presidente del episcopado, Luis Argüello, dio la bienvenida: “Su presencia aviva nuestra conciencia de sabernos miembros del Colegio de los Doce, presididos por el sucesor de Pedro”.
El Papa invocó la imagen de un viaje hacia Dios y advirtió contra la obsesión por las estructuras del pasado. Reclamó seminarios bien formados, pastoral vocacional sin reduccionismos numéricos y una comunión que sea testimonio en un tiempo de polarizaciones.
León XIV insistió en que el destino de todo viaje es Dios. La primera tentación, dijo, es obsesionarse con lo que se deja atrás: “lugares, formas, estructuras, maneras de hacer”. La segunda, cargar el equipaje con cosas inútiles. Frente a esto, el Papa propuso conjugar “libertad y valentía” para abandonar lo que no ayuda, con la fortaleza de conservar lo que facilita el camino.
Patrimonio cristiano y diálogo
León XIV elogió el “inmenso patrimonio cristiano” de España, su belleza y su capacidad de convocatoria, incluso entre no creyentes. El desafío, dijo, no es hacer “celebraciones más atractivas”, sino lograr que los fieles sientan que la ausencia de Cristo produce “un desasosiego comparable al hambre material”.
Comparó las dificultades del viaje con los desafíos de la Iglesia: anunciar el Evangelio, acoger al otro, responder al mundo, activar la corresponsabilidad. El patrimonio cristiano debe ser siempre “instrumento y oportunidad de diálogo”.
Puso como ejemplo el Camino de Santiago y los encuentros de los peregrinos con personas mayores o trabajadores extranjeros. Esa imagen, dijo, es una metáfora de muchas situaciones sociales que se perciben en las realidades eclesiales.
“No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga”, recordó. En el pasado, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en tierras devastadas, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América. Citó a fray Hernando de Talavera y a santo Toribio de Mogrovejo, del que se celebra el tercer centenario de su canonización, como modelos de obispos en salida.
Unidad en la polarización
El Papa señaló que vivimos “un tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras”. Pidió a la Iglesia un testimonio de “unidad en la pluralidad”. Los obispos tienen una responsabilidad peculiar: custodiar la unidad, favorecer el diálogo, “sanar las fracturas” y acompañar al pueblo.
“Su misión les reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a su cuidado”, insistió.
Sobre la pastoral vocacional, el Papa recordó el título del Congreso de Vocaciones celebrado por la CEE: “¿Para quién soy?”. Afirmó que el corazón humano no se colma acumulando experiencias o seguridades provisorias, sino cuando “descubre una llamada” y comprende que la vida llega a plenitud “solo si es donada”.
Advirtió que la pastoral vocacional “no puede reducirse a una simple búsqueda de números”. Nace de “comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad”.
Sobre los seminarios, fue directo: “La conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación”. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible, y la Iglesia tiene derecho a sacerdotes bien formados. Los seminarios deben asegurar vida comunitaria, formadores dedicados al acompañamiento espiritual y centros superiores de teología con medios adecuados. “Es imprescindible aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos”, afirmó.
La herida de los abusos
El Papa no eludió el tema de los abusos. Dijo: “Uno de los más dolorosos encuentros es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero”. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con “escucha, verdad, justicia, reparación y un compromiso decidido en la prevención y la cultura del cuidado”.
“Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”, subrayó.
El discurso de León XIV a los obispos españoles se enfocó en compartir una hoja de ruta para una Iglesia que, como un peregrino, camina entre el polvo del camino y la luz del destino: "Pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje -dijo-, en esos 'simples sacerdotes', en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral".
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