Madrid, España.– León XIV entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados del Reino de España cimo el primer sucesor de Pedro que se dirigía a la representación nacional española desde esta tribuna. Aunque, los pontífices san Juan Pablo II en 1982 y Benedicto XVI en 2010 ya habían compartido un discurso en la sesión conjunta en el Palacio de las Cortes, sólo el Papa Prevost ha logrado ocupar el estrado del presidente en el Congreso. Lo hizo con un extenso discurso donde abordó la historia española, la teología universal, el derecho universal y la urgencia por la rehabilitación de la política.
No todos estuvieron a favor de la presencia del líder de la Iglesia católica en el recinto político, los diputados de Podemos y del Bloque Nacionalista Gallego (BNG) no asistieron a la sesión. Habían anunciado su ausencia en protesta por la presencia del pontífice. El resto de los grupos, incluido Vox, ocuparon sus escaños. Santiago Abascal, líder de ese grupo, escuchó con gesto serio; un diputado de su bancada no aplaudió en ningún momento. Sin embargo, el conjunto de la Cámara respondió con una ovación de seis minutos al término del discurso, interrumpida solo cuando el Papa abandonó el recinto. Se escucharon gritos de “¡Viva el Papa!”.
Reconocimiento de los errores coloniales
El Papa comenzó su intervención agradeciendo a la presidenta del Congreso, Francina Armengol, la invitación. Se presentó como “obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica”, consciente de que su misión coloca a la Santa Sede “de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados”.
León XIV ensalzó la herencia intelectual española. Citó a Cervantes: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Mencionó a otros insignes españoles como santa Teresa de Ávila y a Miguel de Unamuno, quien sostuvo que el hombre “no se resigna a morir del todo”. Afirmó que España ha sabido mirar al ser humano como “criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad”.
El punto más delicado llegó al referirse a la Escuela de Salamanca y a fray Francisco de Vitoria. Prevost reconoció que, hace 500 años, aquellos maestros introdujeron la pregunta por “el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder”. Luego añadió: “Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana”.
Fue un gesto de autocrítica sobre los excesos cometidos durante la colonización de América. El Papa, que vivió décadas en Perú, pronunció esas palabras con la autoridad de quien conoce la historia a ras de suelo y entre el pueblo latinoamericano, desde el otro lado del Atlántico.
Dignidad humana, defensa de la vida y bien común
El núcleo del discurso, sin embargo, fue la defensa de la dignidad inviolable de la persona. León XIV afirmó que esta “precede a toda concesión del Estado” y que “pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir”. Citó a Benedicto XVI y a la Constitución conciliar Gaudium et spes.
Lanzó una pregunta al hemiciclo: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio?”. Y respondió: “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”.
Advirtió que, cuando esta certeza se oscurece, “los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”. La grandeza moral de una nación, concluyó, se manifiesta en “su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
Sobre el bien común, afirmó que es “la forma social de la dignidad humana”. Y sobre la familia, dijo que es “la primera escuela de humanidad” donde se aprenden “recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
Migración, paz y palabra pública
Sobre la migración, que es uno de los temas más sensibles para la sociedad española actualmente, el Papa lo abordó como un drama humano complejo. Señaló que “la situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas”, más allá de la mera gestión de flujos. Denunció a traficantes y contrabandistas y pidió una respuesta coordinada de las naciones:
“Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana”.
Ante la clase política del reino español reiteró su condena a la guerra y su crítica a una pacificación armada: “Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”. Rechazó el rearme como respuesta inevitable y pidió que las decisiones sobre vida y muerte en el ámbito militar “nunca sean descargadas sobre automatismos” ni sustraídas a la responsabilidad moral.
El Papa Prevost hizo una defensa explícita de la libertad religiosa y del sigilo sacramental de la confesión, como parte del “espacio sagrado de libertad interior” donde el creyente abre su alma ante Dios sin temor a presiones externas.
El momento más tenso se vivió cuando el Papa defendió la dignidad de los migrantes. Las miradas se centraron en Santiago Abascal, líder de Vox, cuyo partido ha propuesto medidas de control migratorio más estrictas. Abascal escuchó sin aplaudir. Sin embargo, la mayoría de los diputados se puso en pie en varias ocasiones.
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta Yolanda Díaz aplaudieron con entusiasmo. El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, también. Los expresidentes del gobierno José María Aznar y Mariano Rajoy, presentes en la tribuna de invitados, siguieron el discurso con atención.
Al final, el Papa pidió que España “jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro”. Deseó que “su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio”. Concluyó: “Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra”.
La ovación duró seis minutos. León XIV abandonó el hemiciclo entre aplausos. Había marcado un hito: ningún Papa había hablado antes en ese lugar. Y lo había hecho con una palabra que, como él mismo dijo, no busca imponerse, sino “servir al bien común”.
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