Mi hijo Fer quería presumir a su papá con la Fer. Se sabe dónde están todos sus libros y de qué tratan cada uno de ellos. Por dentro crecí como maíz palomero. Vamos a hacer la prueba, escoge un libro. Dijo orgulloso mi hijo a su esposa. La Fer tomó un libro al azar de la parte izquierda media del librero principal de la sala espaciosa. Portada azul, de unas 270 páginas. Este. Me lo enseñó… quedé en blanco. No supe nada de ese libro. Quedé en ridículo y también bajé unos tres escalones del pedestal de cuatro en que mi hijo me tenía antes de esa noche de jueves.
Olvidé el detalle, más por vergüenza que por olvido ordinario.
Dos años después buscando una novela que juraba estaba por allí, salió de nuevo el libro del ridículo. Tiene mi firma en la primera página, lo que significa que ya lo leí. Tiene además la fecha del 12 de marzo de 2018 en la última página, día en que finalicé su lectura. Recuerdo bien algunos pasajes y hojeándolo me trae recuerdos muy vivos de lo que aprendí con él.
Pero no recuerdo con certeza cómo es que apareció en mi vida.
He de decir que en su inmensa mayoría los libros que reposan en mis libreros tienen su historia y ésta la recuerdo con infinidad de detalles. Este me lo regalo fulanito por mi cumpleaños tal. Este otro lo compre aquí en esta fecha. Este lo heredé del Padre Peña, mi párroco. Aquel la maestra Lucia García me lo regaló de la biblioteca de su papá. Estos los adquirí en la Librería Infinito. Este tiene la firma de su autor cuando fui a la presentación…
Pero el que tengo entre mis manos, de portada azul tiene borrosa su historia. Me parece que lo compré en un stand independiente de la Feria del Libro de Guadalajara. Pero si lo leí en el 2018 debí comprarlo en el 17, y en ese año no fui a la FIL y no fui desde el 2014. Y el libro fue impreso en el 2015. Así que es altamente improbable que lo haya comprado en la FIL.
Sin saber su origen, El hombre que escribió en el cuaderno azul, de Adriana de la Paz López de Medrano, fue para mí un flechazo de reflexión y variadas meditaciones que llegan al corazón e invitan a abrir el alma.
El título es la propia historia del libro. Adriana, la autora, está revisando los diferentes archivos de su esposo que acaba de fallecer. Entre tantos papeles, documentos, revistas y folders aparece un cuaderno azul que tiene todas sus páginas escritas.
Creyendo que era un agenda o algo semejante, Adriana estuvo a punto de arrojarlo a la basura, pero algo en su interior le pidió que lo hojeara. Descubrió los apuntes meditativos de su esposo. Una carretada de meditaciones extraordinarias, sugerencias para interiorización, guías reflexivas, frases para alentarse en la vida… una rica sabiduría para saborear a sorbos.
Lo conservó. Luego le fue añadiendo comentarios de su familia, de sus amigos y de su propia cosecha, sin quitar ni un ápice la riqueza original de lo que escribió Gerardo, su esposo fallecido.
Y entonces apareció El hombre que escribió en el cuaderno azul.
Adriana dice: “El cuaderno azul no era un cuaderno cualquiera. Tenía un testamento dentro: tu vida, tus amores, tus ilusiones, tus actividades, tu espiritualidad y tu profunda convicción ante la vida. Todo estaba ahí escrito de tu puño y letra, y era mío, yo era la heredera universal, todo para mí. Había un legado indispensable para seguir viviendo y no darme por vencida. Había una enseñanza de vida, el secreto de la eterna sonrisa”.
Porque Gerardo era de una sonrisa franca, dada a la facilidad, y de convertir una sonrisa en una carcajada abierta, revolucionada y contagiosa. Gerardo era amigo de la amistad y la compartía con todos. Gerardo era generoso. Gerardo era amigo de Cristo, tan amigo que se convirtió en misionero. No en misionero que se van a tierras lejanas, sino el misionero que siempre carga a Cristo y lo comparte con quien está a su lado.
Es obvio que Adriana no conoció a Gerardo por su cuaderno azul, sino que descubrió que su Gerardo y todo lo bueno y grandioso que había en él estaba también en el cuaderno.
“Con el paso del tiempo he comprendido que la herencia de ese pequeño cuadernillo azul no es solo personal, no puedo guardarla para mí y unos cuantos. Por eso me arriesgo a compartirla, esperando que haya alguien que se deje tocar por esta historia”.
Si el lector toma el texto y lo va asumiendo a sorbos pequeños podrá descubrir que sin aspavientos ni una escritura de lujo hay una profunda espiritualidad en dicho cuaderno. Se refleja un amor del esposo por la esposa. Pero también un amor por los amigos, por la familia, por la Creación, por la sonrisa, por Dios…
Es un canto por la vida. Sin duda.
Sigo viendo el libro azul. No llegó por casualidad. No tiene un historia mágica. Simplemente no logro cuadrar mi cerebro para que me recuerde dónde fue que encontré este tesoro. Y me pregunto aún cómo es que la Fer escogió precisamente este libro y no seleccionó el de al lado, del cual me sé toda la historia. Quizá sea para combatir la soberbia. Quizá.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida! Es Cuaresma… tiempo para la reflexión.

