La Cuaresma, este desierto de cuarenta días que se abre ante el creyente como un paréntesis en el tiempo estruendoso del mundo, comenzó el pasado Miércoles de Ceniza con una serie de preguntas que repiten cada año: ¿Cómo debe ser la práctica del ayuno y la abstinencia para los católicos; qué alimentos están permitidos o no; y quiénes deben cumplir con este precepto?
Parte de estas dudas animaron al dueño de un resort en los pantanos de Florida –cuyo negocio incluye platillos a base de caimán– a preguntar a su arzobispo si podría, durante los viernes de vigilia, comer u ofrecer a sus clientes precisamente la carne caimán. El arzobispo de Louisiana, Gregory Aymond, respondió al feligrés que sí es lícito comer este reptil en vigilia, porque para estos efectos se consideraría un pez.
Más allá de esta anécdota, la pregunta sobre cuáles deben ser los márgenes del ayuno y la abstinencia en nuestros tiempos obliga a reflexiones aún más profundas: ¿Qué lugar ocupa la renuncia o la moderación en un mundo que ha olvidado el hambre voluntaria? ¿Qué sentido tiene la privación selectiva de ciertos platillos si se sustituyen por grandes gastos, lujos o excesos? Para responder, no basta con mirar el plato; hay que asomarse al espejo de la historia y, sobre todo, al abismo de nuestra propia lengua.
Hubo un tiempo en que la penitencia no se negociaba. Antes de que el papa Pablo VI, en 1966, flexibilizara y declarase con precisión las prácticas con la constitución Paenitemini, el ayuno era un ejercicio ascético de una dureza que hoy nos parecería medieval. Los fieles cristianos de antaño –como explica el arzobispo José María Gil Tamayo, profesor, periodista y vocero del episcopado– se limitaban a una comida al día los días de ayuno, primero al caer la tarde y después se trasladó al mediodía; respecto a los alimentos ‘prohibidos’ se especificaba que no debía ingerirse ningún producto de origen animal como carne, huevo o lácteos; pero tampoco vino. El propio obispo reconoce que la posibilidad de comer pescado en vigilia se debió a que “no era mencionado en las instrucciones disciplinares dadas por los obispos” y por ello, más que por un sentido teológico o tradicional, la gente comenzó a comer productos del mar por ‘omisión’.
En la actualidad, hay otras prácticas religiosas de ayuno que mantienen la vieja dureza premoderna. Los musulmanes durante el Ramadán—que este año también ha comenzado el 17 de febrero y concluirá el 19 de marzo– especifican que mientras el sol se asome en el horizonte, ni agua ni alimento deben tocar los labios de los creyentes. La fe islámica en este tiempo de ayuno es un auténtico combate contra el tiempo y el deseo, porque, mientras se alarga la primavera, los días crecen y por consiguiente la prueba se intensifica.
Justamente, respecto a esta característica planetaria (que los días comienzan a alargarse frente a la primavera), la palabra Cuaresma en idioma inglés (Lent) precisamente alude a este fenómeno el alargamiento progresivo de los días (lenten - lang tino - long day) y, por la semejanza con la palabra ‘lenteja’ en español (aunque no hay relación etimológica), hay sectores católicos que hoy en día recomiendan que la vigilia cuaresmal se viva comiendo un sencillo plato de esta legumbre. Esta práctica, además de cumplir con los preceptos de no comer carne o derivados de animales, propone dos cualidades más espirituales: hacerse humilde con los humildes y, de cierto modo, comulgar con la metáfora del tiempo, una especie de rito menor que encierra la promesa de la primavera del alma.
Sin embargo, la historia de la abstinencia cuaresmal no es solo un camino de santidad; es también un relato de poder y geopolítica. Durante siglos, desde mediados del siglo XII hasta el XIX, los reinos de España—primero Aragón y Castilla, luego la España unificada—necesitaron financiar sus guerras y las Cruzadas en Tierra Santa. Y una forma de hacerse de recursos económicos fue el intercambiar dispensas a cambio de limosnas; fue el caso de la Bula de la Santa Cruzada.
A cambio de una aportación económica al reino, el fiel católico obtenía el permiso pontificio para comer carne en los días prohibidos. La dispensa se compraba, y la rigurosidad del ayuno se moldeaba según las urgencias del reino. Según los historiadores, el gran volumen de documentos de esta bula en los archivos eclesiásticos hispánicos evidencia que la práctica fue realmente popular durante años.
Con todo, de aquella época de reglas férreas y bulas negociadas, hoy hemos pasado a una libertad que a menudo genera pasmo: ¿Qué se puede comer y qué no? ¿Es pecado saltarse la norma? ¿Cuáles son las relaciones naturales y sociales que justifican el ayuno y la abstinencia?
Quizá por eso, el papa León XIV, en su mensaje para esta Cuaresma, ha irrumpido en este enjambre de dudas con una claridad incómoda: Más allá de los alimentos que introducimos al cuerpo debemos enfocarnos en los productos de nuestro comportamiento. En esta época de ira y verborragia maledicente, el Papa pide ayunar de agresividad discursiva, no procurar palabras hirientes; como lo hizo desde el inicio del pontificado, invita a desarmar el lenguaje, a renunciar al juicio inmediato que fulmina al ausente, a la calumnia que envenena el pozo de la convivencia.
Parece poco, pero realmente es mucho más difícil de lo que suena. Esta ascesis cuaresmal es un auténtico sacrificio en medio del ominoso banquete de la era moderna que es la crispación y el grito. León XIV nos recuerda que el ayuno, como enseñaban los Padres del Desierto, no es solo para moderar nuestros apetitos físicos, sino para abrir un hueco en el alma. Ese vacío, esa carencia voluntaria, debe ser llenado con algo mejor: con la escucha atenta al que sufre, con la solidaridad hacia el que clama justicia, con la caridad que no se da sólo de limosna, sino de presencia y de silencio respetuoso.
Al final, la pregunta por el caimán se revela como lo que es: una puerta falsa. Lo que realmente debemos discernir en este tiempo de "alargamiento" espiritual no es si un reptil es pez o no, sino si nuestras palabras construyen o destruyen. El desierto cuaresmal nos aguarda no para torturarnos con el hambre, sino para que, al vaciarnos de ruido y de ira, encontremos finalmente al otro.
*Director VCNoticias.com
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