Aquel sábado no era un día cualquiera. Había sido invitado para hablar ante un grupo de personas, muy especiales para mí, y me había preparado como nunca en el tema. Había estado lloviendo los días anteriores y ese sábado, antes de mi plática, había caído un tormenta que casi impidió que llegara a la sesión.
La reunión era en la periferia y pude recorrer una calle ancha, que da a una cordillera que esa mañana tardía me dejó embelesado por su belleza veraniega. Quedé impactado por el sol detrás de las nubes espesas y por el verdor que dominaba todo el paisaje.
Así que mi plática comenzó como no la había planeado pero que de alguna manera afloraba mi corazón arrobado en ese momento. “Si el Cielo tiene un color, puedo estar seguro de que no será azul, sino verde paisaje sabatino de escampe veraniego”. Lo sigo pensando.
El verde del campo me sigue arrobando. El verde susurra el alma vital de las plantas y manifiesta el movimiento sublime del paraíso antes de la aparición del hombre. Y arropa a toda la Creación en su luminosidad. El verde es más que un color. El verde es vida.
Para mí, el verde no es un simple color. Es el Color. Para otros, maravillas de ser diferentes, será otro color.
Por ello cuando leí por casualidad el primer párrafo de Blanca como la nieve, roja como la sangre, escrito por Alessandro D’Avenia, me prometí leerlo completo. “Cada cosa tiene su color. Cada emoción tiene un color. El silencio es blanco. De hecho, el blanco es un color que no soporto: no tiene límites. Pasar una noche en blanco, quedarse en blanco, levantar bandera blanca, dejar el papel en blanco, tener el pelo blanco… Es más, el blanco ni siquiera es un color, como el silencio. No es nada. Una nada sin palabras o sin música. En silencio: en blanco”.
Mi debilidad por los escritores italianos me hizo acercarme a esta novela. La vi descrita con buenas calificaciones por los reseñadores. No fue uno, fueron tres. Algo debe tener, me dije. Al no poder ir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2024, le pedí a Alicia, la heredera universal de mis libros y para mayor especificación: la hija más bella de la comarca, que me la buscara. No la encontró. Le perdí en el radar. En la FIL de 2025 traía otras cosas en mente. En el último recorrido por los stands y cuando había exprimido al máximo el presupuesto, decidí entrar a un stand que me gustó. “De verdad, es el último, Alicia”, prometí falsamente. Allí estaba Alessandro D’Avenia. No pude dejar su novela.
Blanca como la nieve, roja como la sangre es una novela de colores. Si para el autor cada emoción tiene un color, entonces el libro es una arcoíris.
Narra la historia de un joven que estudia la preparatoria. El autor prefiere que sea el propio alumno quien hable y describa sus emociones. El joven a manera de diario, sin que lo sea, va contando lo que le ocurre. Así, describe lo que significa para él la escuela, los maestros, sus compañeros, su relación con los padres, el estudio, su relación con Dios… afloran sus enojos, sus arrebatos, sus júbilos, sus equivocaciones, sus cambios, su proceso de concientización.
También acude a la novela el amor, por supuesto. Y junto con el amor, el joven se acerca a la muerte para descubrir que la vida es blanca y también roja. Es blanca como la nieve, ya que alumbra y da belleza y da color. Y la vida también es roja, porque es sacrificio, es esfuerzo, es sangre.
El texto del italiano, es decir el diario que no es diario pero como si lo fuera, va mostrando un proceso en el joven que lo va haciendo madurar, como el proceso de vivir la vida en serio. El joven comienza por detestar el blanco, para ir reconociendo de a poco que la vida es un estallido de colores, y apuntar al final que escribirá en las hojas blancas con un bolígrafo de tinta roja queriendo demostrar que los blancos son como los silencios en la música: tan necesarios como el sonido.
En Blanca como la nieve, roja como la sangre aparece un profesor que de alguna manera guía el camino de Leo, que así se llama el joven, y que lentamente se convierte en el maestro en toda la extensión de la palabra. De hecho, al final del texto aparece una carta de dicho profesor, que sintetiza a mi parecer el mensaje que quiso enviar el autor al escribir la novela.
Mi debilidad por los autores italianos tuvo un final feliz. Creo que es digna de leerse, no como literatura juvenil, en la que la clasifican algunos reseñadores, sino de todos los que buscamos de alguna manera darle color a la vida a través de la lectura.
Agradezco la paciencia de Alicia, que me permitió ingresar al último stand y que provocó encontrarme con este libro, tan blanco como la nieve y tan rojo como la sangre.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

