En algún momento de aquel martes de intenso frío, mientras bebía a sorbos pequeños mi latte de vainilla en el extremo de la amplia mesa de granito gris, me hice la pregunta más existencial que me haya hecho en los últimos quince meses: ¿Por qué leo?
La primera respuesta, sin pensar demasiado, fue que lo hago para abatir el aburrimiento. Simple. Cargo en el auto siempre mi libro para cuando llegue al semáforo en rojo no me venza la desesperación en los breves segundos que transitan entre el rojo y el verde. O lo cargo en la fila del banco, en el intermedio del primero al segundo cuarto del partido de futbol americano y en la espera antes de que transmitan los cortos previos a la película.
Pero, ¿acaso estoy aburrido en la noche cuando en mi asiento preferido en el rincón de la recámara enciendo la luz para encender la imaginación cuando abro el libro del momento? Seguro que no. Entonces -siguiendo mi meditación- no leo solo para vencer el aburrimiento.
Chetos.
La lectura es para salir de la ignorancia. Me digo subiendo un escalón en la escalera de la meditación. Leo historia, leo política, leo teología para ir conociendo de a poco los hechos y las doctrinas para conocer al hombre y a la sociedad y a Dios, para intentar también conocerme a mí mismo. Claro.
Pero, ¿acaso salgo de la ignorancia cuando me sumerjo por las calles de la Barcelona de los 40 con los textos de Carlos Ruiz Zafón, con los párrafos interminables de la Fernanda Melchor, con los muertos de Juan Rulfo o el humor voluntario de Jorge Ibargüengiotia? Pues no. Entonces -siguiendo mi meditación- no leo solo para vencer a la ignorancia.
Chetos con sabor a queso.
Leo para sumirme en el silencio de las palabras que dan vida a través de la imaginación. Leo para elevarme con las alas de los escenarios trazados para volar por las nubes de la vida inventada para superar la realidad ficticia de los autores. Leo para que la voz del escritor pueda salir del silencio de la mazmorra para que se introduzca en mi corazón y éste arda con cada frase.
Si. Y más. Acercarme al silencio atronador de la ficción.
Que fue lo que me ocurrió con el libro del Nobel de Literatura 2025 László Krasznahorkai, con el título tan largo como “Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río”. Debo decir que el libro me escogió. Ya tenía Tango satánico para comenzar a leerlo cuando apareció este en la librería de nuevos que visito más a menudo. Increíble que estuviera allí. Pero estaba. Lo agradezco.
Y me hizo sumergir al silencio de la narración paciente del monasterio japonés que el autor se solaza en describir tan tranquilo.
Esa tranquilidad para relatar los detalles de un jardín, de un árbol, de una planta, de una barda, de un laberíntico sendero, de un caos en una recámara no es propio de los occidentales. El autor nació en Occidente, pero ha realizado largas estancias en el Oriente, que ha adoptado ciertas actividades, que se ven reflejadas en Al norte la montaña… con una pausa digna de mencionarse.
El libro presenta el viaje que realiza el nieto de un príncipe japonés a un monasterio, que está detrás de una barda enigmática al final de un camino que no tiene rectas en un terreno tan amplio que cabe un bosque y un amplio jardín que desemboca en unas habitaciones en las que algunas de estas muestran un desorden que contrasta con un silencio que invita a la profunda meditación sobre la contemplación en medio de un caos provocado por la prisa de las prisas cotidianas de la vida moderna.
Habrá que agregar que todo esto es narrado por un pluma singular del Premio Nobel. No es fácil seguir el texto de corridito de Lászlo, el húngaro laureado. Es una escritura a la que no estoy acostumbrado. Es necesario respirar profundamente para introducirse en el ese vaivén cadencioso, lento, detallista al extremo y a una velocidad digna de una gota de aceite, para que una vez vencida la desesperación sea uno transportado a la contemplación de cada párrafo, de cada frase para luego introducirse consecuentemente a la narración misma a la par que se van imaginando los colores, los olores, los pasos, las vistas… se vive el silencio, se asilencia la vida y de pronto ya se respira al son de Al Norte la montaña…
Sí. El texto ayuda a introducirse a ese espacio vital que es la contemplación. Quizás esa sea mi mayor experiencia con la lectura del Nobel. Nada más, pero nada menos.
Así puedo decir que leo para estar conmigo mismo, observando desde adentro lo que me rodea. Y leo para que lo que me rodea lo pueda introducir a mí mismo para hacer que la realidad circundante sea mi realidad y poder disfrutar lo disfrutable y cambiar lo cambiable.
Y termino porque involuntariamente me he puesto filosófico y este no es mi campo. Lászlo ha hecho conmigo lo que yo contemplo a través de la lectura.
Chetos.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida! Y habrá tamales…

