El año pasado, por estas fechas, recomencé a leer más detenidamente sobre un tema que desde joven me ha atraído. La persecución religiosa en México, y más concretamente en mi Chihuahua.
Había razones de sobra por hundirme nuevamente en estos contenidos tan interesantes. Había quedado con el padre Roge Márquez de hacer algo más para dar a conocer la vida de san Pedro Maldonado, nuestro santo.
El próximo año se cumplirán los 90 años de su martirio. Además en este año se conmemoran los 100 años del cierre del culto público en nuestro país, luego de que el episcopado mexicano elevó su protesta a mayor escala luego de la promulgación de la llamada Ley Calles, que llevó al extremo la persecución en contra de la Iglesia Católica.
Hay que hacer mucho más por nuestro santo. Comenté a Roge. Me respondió: tengo a alguien que va a escribir su biografía… El resto de lo que dijo iba dirigido a mí. Antes, mi grato amigo Jorge Traslosheros me había comprometido. Ya no podía zafarme luego del pedido de estos dos grandes amigos.
Así que luego de hacer el Camino de Maldonado el año pasado me dirigí a quien sabe más de esto: el Padre Dizán Vázquez. Me abrió mucho el panorama y me abrió también las puertas del Archivo Arquidiocesano que él dirige en Chihuahua. Me sugirió caminos y libros antes de que arrancara propiamente con la tarea.
Allí la llevo.
Dentro de las sugerencias estaba por supuesto El conflicto religioso en Chihuahua, 1918-1937, escrito por Franco Savarino. Es el segundo libro que se escribe sobre ese tema en particular, luego del de Gerald O’Rourke. El italiano lo escribió bajo el auspicio de El Colegio de Chihuahua y la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Por cierto que cuando se publicó la obra en cuestión, el Colegio de Chihuahua estaba dirigido por el maestro Carlos González Herrera, a quien conocí personalmente cuando se desempeñó como secretario de Educación y Deporte en el estado y yo trabajé en el Colegio de Bachilleres, y a quien descubrí como un gran ser humano. Falleció en 2023.
Franco Savarino cuenta la historia de cómo se fue dando el conflicto religioso, más que el conflicto en sí mismo. Y es que, como la cuenta de forma extraordinaria el historiador, la persecución religiosa en Chihuahua y la respuesta de la Iglesia fueron casi a contrapelo de lo que sucedía en el Bajío o en Jalisco.
Allá, los años 20 del siglo pasado son de sucesivos problemas, mientras acá estaba en relativa calma. Los gobernadores Ignacio Enríquez (entre 1920 y 1924, aunque había sido interino en varias ocasiones en la década anterior) y Juan Antonio Almeida (1924-1927, derrocado por un golpe de estado) habían sido suaves para implementar las normativas anticlericales que les solicitaban los presidentes Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.
Las reglamentaciones anticlericales en Chihuahua comienzan con el derrocamiento de Almeida en 1927, cuando en otras zonas, la crisis armada ya estaba en su apogeo. Los sucesivos gobernadores después del 27 son quienes acá elevan el conflicto religioso.
Savarino da el dato que es conocido. El obispo de Chihuahua Antonio Guizar y Valencia siempre buscó la paz y eliminar el uso de las armas para la solución del problema religioso. Impidió a los católicos usar las armas, incluso emitió un decreto en que se prohibía su uso so pena de la excomunión.
Estos dos hechos: Los gubernaturas de Enríquez y Almeida, por un lado, y el llamamiento a la paz por el Obispo Guizar, por el otro, impidieron que hubiera una rebelión cristera, propiamente dicha en Chihuahua.
Pero para los años 30, hubo un cambio en el primer factor. En 1932 llegó Rodrigo M. Quevedo a la gubernatura de Chihuahua, y con él el recrudecimiento de la persecución. Fue bajo su mandato que se expidieron los sucesivos decretos que llevaron a que oficialmente solo hubiera cinco sacerdotes con permiso para celebrar sacramentos en todo el estado de Chihuahua. Luego rechazó los permisos, por lo que no hubo ningún sacerdote para celebrar oficialmente, y finalmente dejó el último decreto con un solo sacerdote.
Cuando Quevedo dejó el encargo, el conflicto religioso estaba en el culmen. Le sucedió Gustavo Talamantes, que no fue tan cruel como su antecesor pero de cualquier no amainó en la persecución contra la Iglesia Católica.
Fue bajo el período de Talamantes que se dio el martirio de Pedro Maldonado, nuestro santo chihuahuense, cuando fue aprehendido el 10 de febrero de 1927 y llevado a la alcaldía de Santa Isabel (cuyo nombre había sido cambiado a General Trías en 1932 en tiempos de Quevedo), donde fue brutalmente golpeado por los caciques de la región, para que finalmente falleciera el 11 de febrero, hace justo 89 años.
Franco Savarino hace un excelente trabajo para ir explicando todos los antecedentes que se fueron involucrando para que el conflicto religioso fuera creciendo y también para entender las particularidades que se dieron en esa historia en Chihuahua, a contrapelo del Bajío.
En resumen. En Chihuahua hubo persecución. Se dio al final de los 20 y se recrudeció notablemente en los 30. No hubo guerra cristera como tal, y mucho por el trabajo del Obispo Antonio Guizar y por la obediencia del pueblo. Sí se cerraron los templos y el gobierno persiguió a sacerdotes. Tenemos un mártir, Pedro Maldonado, que fue canonizado en el 2000.
Y a raíz de todo esto tengo dos compromisos. A mediano plazo, escribir una biografía de san Pedro Maldonado; y a plazo inmediato, realizar el Camino de Maldonado. De hecho, cuando ustedes cuatro lectores estén leyendo esto, es altamente probable que yo esté disfrutando el Camino de Maldonado… y quizá comiendo un rico pan de maizcrudo en El Charco.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

