Ha concluido el Año Jubilar iniciado por el papa Francisco en la Navidad del 2024. Ha sido un singular ‘año santo’ traspasado por el fallecimiento del primer pontífice jesuita y argentino, Jorge Mario Bergoglio, y la elección del primer pontífice agustino y estadounidense, Robert Francis Prevost. Tan solo en esta frase se evidencia que la Iglesia católica universal no es la misma que al final del siglo XX ni podría regresar a imponer un estilo anterior en lo que resta del siglo.
Algunos opinan que finalmente el papa León XIV ha dado inicio a su propia agenda al finalizar los compromisos heredados de su predecesor; y quizá también para demostrarlo, ha convocado a su primer consistorio (reunión cumbre de los cardenales del orbe para asesorar al obispo de Roma en algunas materias) con el interés de “escuchar y mantener la conversación” con los líderes religiosos que están esparcidos por todos los continentes. Además, ha manifestado su deseo de que estos encuentros dejarían de ser 'extraordinarios' para volverse 'periódicos' en forma de asamblea anual.
Para esta primera reunión, la Santa Sede propuso cuatro temas propios de la Iglesia católica para analizar en pluralidad: misión evangelizadora, reforma curial, sinodalidad como forma de gobierno y liturgia. Pero, fiel al sentido de respetar la opinión de los cardenales convocados, se eligieron sólo dos temas (sinodalidad y misión) por decisión de la mayoría. Esa decisión también revela los intereses de los pastores católicos sobre cómo evangelizar en un mundo descristianizado y posmoderno, de una forma más horizontal e integradora para responder a la crisis jerárquica contemporánea.
El Papa también adelantó que, del encuentro global de purpurados, no tuvo pensado generar un documento o un mensaje final, sino que ha sido el proceso de diálogo lo más importante de esta cita extraordinaria. El pontífice sabe lo complicado que es aprender a “trabajar juntos”, pero conoce los problemas que se generan al trabajar en solitario, con actitud autócrata y de espaldas a los demás.
Por ello, este esfuerzo, en medio de una crisis global donde los valores diplomáticos como la institucionalidad, el diálogo, los acuerdos, la negociación, la colegialidad, la tolerancia y el respeto están ausentes del mapa conflictual vigente, se torna incluso como un ejemplo para las organizaciones y representantes internacionales y locales que no pasan de reducir la política a simples comunicados, videos autorreferenciales o declaraciones que ni siquiera compiten en el interés mediático.
Claramente esta esta actitud que toma el papa León sustentada en la apertura, el encuentro y la escucha (en la sinodalidad, se dice en lenguaje eclesiástico) tiene también un origen en el último mensaje que Francisco emitió a los empleados de la Curia romana en diciembre del 2024 donde el cardenal Prevost se encontraba liderando el Dicasterio para los Obispos: “Corremos el riesgo de volvernos áridos… el trabajo de oficina, aquí en la Curia, frecuentemente es árido y a la larga termina por secarnos, si uno no se nutre de experiencias pastorales, de momentos de encuentro, de relaciones de amistad, en la gratuidad”.
El diálogo internacional y la cooperación global son actualmente un erial por donde muy pocos líderes quieren hoy transitar. Ninguna nación parece realmente apostar (ni con contribuciones económicas ni con compromisos multilaterales) por el lento proceso de diálogo, cooperación y negociación en los márgenes conflictivos.
La fascinación por el éxito inmediato que conlleva el dominio militar y técnico (el poder y la propaganda) en los intereses particulares de los gobernantes, orilla a muchos líderes sociales y eclesiales a abandonar la posibilidad de sembrar esfuerzos pensando en que generaciones futuras cosechen los primeros logros. A esto, el papa Francisco lo desnudó con claridad meridiana: “el tiempo es superior al espacio… los imperialismos siempre buscan ocupar espacios y la grandeza de los pueblos es iniciar procesos”, dijo en una entrevista en 2022.
Bajo este principio, el papa León XIV ha iniciado un proceso junto a sus principales consultores y colaboradores; y ante las muchas oscuridades que se anticipan para el año que comienza, el pontífice ha recordado que “la obra de Dios continúa en el mundo” y que la aceptación de la transición entre la luz y las tinieblas “es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir”.
No hay ingenuidad en el pontífice, en su profético mensaje para la paz de este 2026 dijo que delante a los momentos que vivimos, efectivamente, hay un desierto por transformar y áridas almas por nutrir. Y aseguró que el camino sinodal y solidario ante la guerra sólo puede hacerse a través de compartir experiencias porque “la paz existe, tiene el suave poder de iluminar y enseñar la inteligencia, de resistir a la violencia… y quiere habitar en nosotros”. Pero lo primero es no ceder a las representaciones parciales, egoístas y distorsionadas del mundo; no todo es puro utilitarismo en medio de tinieblas y miedo; y no son realistas aquellos que sólo plantean escenarios carentes de esperanza o que están ciegos ante la belleza potencial y transformadora de todos los demás.
Por eso a los cardenales, el Papa les ha dicho algo que puede ser muy oportuno para todos los demás espacios y colectivos sociales: “Somos un grupo muy variado, enriquecido por múltiples procedencias, culturas, tradiciones, trayectorias formativas y académicas, experiencias y, naturalmente, caracteres y rasgos personales… estamos llamados, ante todo, a conocernos y a dialogar para poder trabajar juntos. Estoy aquí para escuchar…”.
Si tan sólo cualquiera de los líderes políticos y económicos enfrascados en los conflictos de esta era pudiera decir lo anterior, llevaríamos ya medio camino para la paz.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

