Guadalajara, Jalisco.- Los obispos de la Provincia Eclesiástica de Guadajalara han presentado el documento "El Centenario del conflicto religioso de 1926 en México", a través del cual se posicionan ante los eventos históricos y sociorreligiosos que en 1926 desataron uno de los momentos más complejos de la relación entre el poder político y eclesiástico en el país cuyas implicaciones afectaron profundamente tanto a la ciudadanía como a las instituciones del Estado nacional.
En nombre de los obispos de Aguascalientes, Autlán, Ciudad Juzmán, San Juan de los Lagos, Colima, Tepic, Zacatecas y de Jesús María del Nayar, el cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega, firmó el documento en el que se desea "iluminar desde la fe estos acontecimientos y comprenderlos como cristianos".
El documento reconoce que este conflicto político-religioso "en sus diversos momentos" constituye una "larga etapa más que un sólo acontecimiento"; asegura que dicho proceso histórico no siempre se ha analizado "con la sabiduría y equilibrio que debe dar el paso del tiempo" y por ello "debemos primero conocer los hechos con honestidad y objetividad, siempre a la luz del Evangelio y del Magisterio".
El posicionamiento de los obispos de Occidente pide comprender "la crisis de poder generada por la revolución caudillista, las causas de las primeras persecuciones y del nuevo marco legal que la Constitución de 1917 estableció para la Iglesia, las reacciones de nuestros hermanos obispos de aquel momento, la agudización de la crisis con la Ley Calles, la postura de la Santa Sede durante todo el conflicto, la suspensión de los cultos, la Guerra Cristera en sus diversos momentos, los llamados 'arreglos' y su paulatina aplicación, hasta llegar al gobierno del general Manuel Ávila Camacho".
Para compartir las motivaciones del posicionamiento episcopal, el sacerdote Armando González Escoto, historiador y fecundo académico, expresó que el conflicto religioso en Mexico de 1926, tiene dos fuentes esenciales: La investigación profesional de Jean Meyer, que se basó en los testimonios de los participantes de ese conflicto, el pueblo, el clero, el ejército, y las autoridades civiles. Es su obra fundamental “La Cristiada” publicada entre 1973 y 1974 en México, es un estudio con base en los archivos disponibles de la época y testimonios. Y la segunda fuente disponible para profundizar en el conflicto religioso es un texto de investigación de 2015 por el autor Paolo Valvo, italiano, publicado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM con el título: “Fe, guerra y diplomacia en México, 1926-1929” basado en archivos institucionales.
Por ello, el mensaje de los obispos apela a hacer memoria de los hechos del pasado que no busca reabrir ninguna herida, sino sanar las que aún permanecen abiertas. Al recordar el sufrimiento vivido durante la rebelión armada, los pastores no invitan a la confrontación, sino a la reflexión madura y cristiana.
El mensaje episcopal recoge una enseñanza central del magisterio reciente, especialmente del papa Francisco, cuando afirma que “la guerra es una derrota para la humanidad”. Más allá de la valoración histórica; el posicionamiento del pontífice constituye un criterio moral permanente para los católicos: La violencia nunca es el camino pleno del Evangelio. La fe cristiana se sostiene en el testimonio, no en la imposición.
Al mismo tiempo, los obispos subrayan con serenidad la compleja dimensión del martirio. Nuestros mártires —sacerdotes y laicos— no son exaltados como símbolos de confrontación, sino como testigos de fidelidad. Ofrecieron su vida por Cristo y por la libertad religiosa, no por odio, sino por amor a su fe. En ellos, la Iglesia reconoce la fuerza humilde del Evangelio vivido hasta el extremo.
Pero el mensaje no se queda en el pasado. Tiene una clara proyección hacia el presente. En un contexto nacional marcado por diversas formas de violencia, polarización y fractura social, los obispos llaman a trabajar por la unidad del país, por la paz que supera la tentación de la violencia y por la justicia que fortalece el tejido social.
En ello radica el núcleo del documento: la caridad como camino de reconstrucción. La caridad que sana, reconcilia e integra. La caridad que no ignora el dolor, pero tampoco se deja dominar por él. La caridad que convierte a la comunidad cristiana en “fermento vivo”, capaz de influir positivamente en la sociedad.
Implica coherencia de vida, compromiso social, defensa de la dignidad humana y capacidad de diálogo. Implica también resistir la tentación de responder a la violencia con más violencia, o a la división con más división.
El cierre del mensaje, al invocar al Príncipe de la paz, y la intercesión de la Santísima Virgen María, nos recuerda que la esperanza cristiana es confianza activa en la gracia de Dios. La paz verdadera no nace solo de estrategias humanas, sino de corazones transformados.
Este mensaje episcopal invita a vivir una memoria reconciliada y una fe comprometida. A honrar a nuestros mártires no con discursos encendidos, sino con vidas a su ejemplo. A construir el Reino de Dios en nuestra tierra mediante la unidad, la justicia y la caridad.

