El integrismo por definición es ciego. Nadie se reconoce a sí mismo integrista aunque vaya acumulando soledades, aunque crea que la mayoría de sus congéneres son demonios o, por lo menos, ignorantes contumaces. Para el integrista, ningún aliado es digno de entera confianza; siempre se mira desde el rabillo del ojo esperando que la fidelidad del compinche sea indistinta de la suya propia.
El integrista confía únicamente en su idea aunque la realidad se la refute; de hecho, para el integrista, ser confrontado le produce un timbre de orgullo, le reafirma en su solitaria peana de certeza.
El integrista, por desgracia, ha encontrado en las herramientas de comunicación modernas su remedo de areópago público para juzgar a quienes considera “débiles”, “tibios” o “desviados”. Con esas facultades se siente a la vez redentor y enviado, elegido para entender los misterios eleusinos y para restregarlos con vehemencia sobre los rostros de quienes califica de necios.
En efecto, el integrista toma el areópago (en griego literalmente Areios pagos, la colina del dios Ares) como fortín de su guerra personal, brutal, violenta, caótica y furibunda.
Vivimos en tiempos de integristas que campean en todos los medios posibles exhibiendo sus mesiánicas conjeturas.
Ya sea la joven sectaria que asalta, micrófono y cámara en mano, a unos despistados obispos españoles no para dialogar con ellos ni siquiera para cuestionarlos con inquietud honesta, sino para corregirlos directamente, para azotarlos con su rozagante convicción que ya consideraba superior desde antes de acercarse a ellos.
Integrista como ese influencer-sacerdote que califica, desde su guarida de troll tuitero, a la arzobispa de Canterbury de delirante porque, desde la artificiosa caridad del clérigo asfixiado por su clericalismo, todos tienen problemas de autopercepción excepto él, que piensa que va curando almas a punta de sofismas pseudoapologéticos.
Integristas como aquel líder político que no sólo cree que hace lo correcto incluso cuando se equivoca sino que está profundamente convencido de que todos los demás debemos abrazar su divinizada ineptitud; o integrista como el dogmático economista “libertario” [sic] para quien la libertad se reduce a elegir entre vivir sometido o morir de resignación.
El integrismo nos acecha muchas veces suavizado o disfrazado de filtros burbuja, cámaras de eco o sesgos de confirmación; pero el integrismo se diferencia de los mecanismos que lo fortalecen porque nace de un sentido enfermizo de superioridad moral y personal absoluta, se alimenta cotidianamente del desprecio a la dignidad e inteligencia del prójimo, y se confirma ahí donde las huestes fanáticas o indolentes usan al integrista como justificante de sus propias necedades.
Integristas siempre ha habido. La tentación de ser representantes exclusivos de un absolutismo inasible pero rapaz y pragmático es connatural al poder. Y, sin embargo, el verdadero riesgo es inscribirlos en el orden institucional, en forma de líderes o dirigentes, sí; pero también como furtivos asesores u oscuros comisionados cuya “eficacia” está condicionada por la resignificación de la realidad y de la historia.
Esto último también merece un comentario. Como el integrismo no puede cambiar la realidad (porque no la acepta o no la entiende), se esfuerza en resignificarla: justifica los abusos siempre y cuando no sean para los de su capillismo sectario, relativiza sus privilegios apelando a una falsa meritocracia, celebra hechos de sangre como reivindicaciones morales cuando le es conveniente; y, finalmente, instrumentaliza el pasado desnaturalizando la complejidad histórica, caricaturizándola al nivel del héroe paródico que el integrista pretende ser.
Al integrismo se le pone freno desde las instituciones humanas: la familia, las organizaciones intermedias, sociales y comunitarias, el Estado… pero también desde las actitudes que limpian la conciencia de las marañas de autorreferencialidad enferma: la negociación y el diálogo, la búsqueda en común del bien común, la participación plural, la educación, la caridad, la tolerancia y la escucha. Sobre todo esta última. De lo contrario se abandona la paz en manos de quienes buscan el triunfo; se lega el orden a autócratas moralizantes; y se entrega la memoria a quienes sólo anhelan venganza.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe
MÁS DEL AUTOR:
- Buena Esperanza | Un año sin Francisco
- Buena Esperanza | Tiempo de blasfemias
- Buena Esperanza | Auténtica liberación frente a imperialismos mesiánicos

