Escribió Zizek: “Uno de los signos de un amo tan auténtico es que blasfema; no existe ninguna autoridad sin palabrota”.
En las últimas semanas hemos sido testigos de cómo la blasfemia y las palabrotas forman ya parte de las comunicaciones institucionales de primer orden. Es decir, que en el intercambio verbal y racional de valores se han superado ya los códigos bélicos y amenazantes, y ahora directamente se utiliza lo soez y la procacidad como herramientas argumentales.
Sin ningún pudor se llama ‘locos bastardos’ a los adversarios, ‘animales’ a los extranjeros o ‘débil nefasto’ al aliado. Pero no sólo: también discursivamente –con mayor o menor audacia– los émulos del amo se colocan en el lugar de la divinidad, usurpan su función y más que transmitir un mensaje superior, se entregan ellos mismos como la primera y última realidad necesaria. De ahí, su blasfemia.
Este fenómeno merece una reflexión, porque no se limita al juego de lo político sino que está presente con mucha naturalidad en otros ámbitos de confrontación social. Por ejemplo, lo que hasta hace poco se denominó elegantemente como ‘batalla cultural’ (un conflicto por los márgenes deseables de la ideología, la identidad y las libertades antropológicas y civilizatorias), hoy sólo parece estar presente en los medios de comunicación digitales mediante las exageraciones insultantes de pseudo guerrilleros mesiánicos cuya argumentación se reduce a despreciar a quienes no piensan como ellos y a censurar una realidad que, su serena frente omnisciente, desea no aceptar.
En medio de una profunda crisis de las élites (de los viejos conservadores cósmicos) emergen voces de una furibunda radicalidad en cuyo núcleo está el sentido original de la blasfemia. Es decir, de la “la injuria a todo lo sagrado”, donde “lo sagrado” es la posibilidad de la retórica dialógica prevalente, del diálogo, del reconocimiento mutuo y de la responsabilidad de la argumentación dialéctica. En concreto, al denostar y renegar el orden, el blasfemo jura sólo por sí y para sí mismo.
En esa posición, el amo sólo reconoce sus propias pulsiones y deseos; y, por tanto, sólo conoce la retórica de la imposición unilateral de ideas; dialogar, para el amo, no sólo implica debilidad sino la claudicación misma de la libertad que cree gozar. El amo se arriesga a la blasfemia porque en su mente no puede verse esclavizado por el espacio socio simbólico dentro del cual la sociedad marcha inercialmente: “Un verdadero amo –continúa Zizek– no intenta adivinar lo que quiere la gente; se limita a obedecer sus propios deseos, por lo que le corresponde a la gente decidir si lo sigue”.
El sacerdote Antonio Spadaro, uno de los principales asesores en comunicación del finado papa Francisco, justo describe lo que sucede: “Cuando el poder político se ensaña contra una voz moral, es porque no logra contenerla. Trump –por ejemplo– no discute con León: le suplica que regrese a un lenguaje que pueda dominar. Pero el Papa habla otra lengua, que no se deja reducir a la gramática de la fuerza…”. El jesuita plantea que el conflicto discursivo no es por apreciaciones de una realidad compartida sino por esferas incontenibles de poder en colisión.
Siendo leal a su servicio y transmitiendo con fidelidad un mensaje que no le pertenece explícitamente a él sino al Dios del tiempo y de la historia, el Papa entra en colisión con la audacia del blasfemo que se coloca a sí mismo en el papel de Dios; pues más allá de su figura de “representante” (de la ciudadanía, de la democracia, de una nación, etc), se considera “el representado” total y absoluto.
La colisión, por tanto, no es sólo por el insulto circunstancial sino por el irrespeto al orden sagrado. Spadaro reconoce el grado máximo de este conflicto y, como es natural, defiende la soberanía ulterior del orden teológico cristiano pues, incluso para el mundo totalizante del que se jacta el líder político, la palabra del apóstol (del que es enviado) es el humilde recordatorio de que la autoridad última no nos pertenece: “El ataque [de Trump] es una declaración de impotencia. Al no poder asimilar esa voz, el poder intenta deslegitimarla. Pero al hacerlo, reconoce implícitamente su peso. Si León fuera irrelevante, no merecería una palabra. En cambio, es convocado, nombrado, combatido…”. Lo sagrado, nuevamente, no es la cualidad religiosa del pontífice sino su humillada posición frente a la autoridad absoluta de Dios.
Por eso mismo, el propio Spadaro asegura que “la fuerza moral de la Iglesia” no es un contrapoder sino una actitud que libremente entra en “un espacio en el que el poder es juzgado por un criterio que no controla”. Ese criterio incontrolable e incontenible evidentemente es Dios; y cuando un líder político expresa: “La única razón por la que les he permitido vivir es para que negocien”, evidentemente comete injuria contra lo sagrado.
Es algo que también explicó el cardenal patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, después de que el gobierno de Israel le prohibió oficiar la Misa del Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro: “Dios no se deja poseer [...] no somos nosotros quienes custodiamos a Dios; es Dios quien nos libera a nosotros [...] no está dentro de nuestras estrategias de supervivencia. No es prisionero ni de nuestras razones ni de nuestros miedos. Él ya ha salido, y nos precede”.
Vivimos tiempos de blasfemias; y frente a esas afrentas, la esperanza de la fraternidad universal está en la figura del apóstol tal como la describió Soren Kierkegaard: “En realidad, [el apóstol] sólo tiene que ser fiel en su servicio y llevar a cabo su tarea… Ahí radica la esencia de su vida de autosacrificio pues, incluso si nunca fuese perseguido, seguirá siendo pobre aunque haga ricos a muchos”.
*Director VCNoticias.com
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