Recibí la llamada a media mañana de ese domingo taciturno. El Fer, mi hijo, que heredará no mis libros pero sí mi incipiente calvicie, se reportaba. Saludos ordinarios. Plática cotidiana. Sentí que esperaba que yo dijera algo sobre algo de algo que no entendía qué.
Se hizo un silencio que me recordó aquella canción melancólica Ángel para un final, de Silvio Rodríguez…
Por fin se atrevió a decir. “Aly no me ha respondido a mis mensajes”. Aly es mi hija Alicia, que heredará mis libros y espero que no mi diminuta caballera. En este año, Alicia ha trabajado los domingos en la clínica veterinaria en que labura -dicen los argentinos- en la especialidad de oncología. Normal que no responda porque tiene citas y es muy rigurosa con sus pacientes. “Comunícate con ella…”…
El imperativo me desubicó. “¿Qué no has visto lo que está ocurriendo?”. No. No había ni visto ni leído lo que estaba ocurriendo en Guadalajara. “Mataron al Mencho, papá… Márcale a Aly…”.
Vi las notas. Horrible. Leí dos que tres notas. Horrible. Hay camiones encendidos en calles de Guadalajara. Horrible. Puerto Vallarta es un polvorín. Horrible. Mi hija no le responde a su hermano. Horrible. Mensajes al WhatsApp de Alicia. Horrible, no responde. Largos minutos de espera. Horrible. Sigo viendo notas de Guadalajara. Horrible.
Marco directamente a la veterinaria. Un voz joven amable me responde. Me comunica con la Dra. Alicia… un momento, ¿quién la busca?… su papá, aunque me sube color al rostro al saber que está allí… unos pocos segundos después, la inconfundible voz paciente de Aly. Metida en las citas de sus pacientes, ignoraba a esa hora lo que estaba ocurriendo afuera de las paredes de la clínica.
Respiro total.
Esa inseguridad de no saber lo que estaba ocurriendo con mi hija me hizo meterme de lleno con el libro que leía. Mar de mañana, de Margaret Mazzantini.
Son dos mujeres las protagonistas de la novela. Jamila y Angelina. También aparecen sus dos hijos, Farid y Vito. Ambas mujeres tienen varias similitudes, son de Libia durante la dictadura de Gadafi, ambas buscan lo mejor para sus críos y su familia y ambas son mujeres solas que buscan acomodar su realidad al ambiente en que ahora viven.
Jamila y Angelina viven en dos mundos distintos, pero de alguna manera en el fondo es un mundo difícil para las dos. Jamila decide dejar la inseguridad de la guerra en su Libia. Abandona después de la muerte de su esposo su terruño y se embarca rumbo a Italia para desde allí emprender una nueva vida. En cambio, Angelina después de años de vivir en Italia emprende el viaje de vuelta a su Libia, cargando con su madre Santa y su hijo para volver -en la memoria de su vida recordando en el cementerio a sus muertos- a una nueva realidad.
La autora, nacida en Dublin pero viviendo desde hace mucho tiempo en Roma, tiene una calidad increíble para describir la situación de ambas mujeres. Mientras le leía el horror de la guerra en Libia, la huida de Jamila y el recuerdo de su barrio de Angelina, me veía yo como en un espejo en los minutos de angustia mientras Alicia atareada con sus pacientes no veía los mensajes para responder.
Mazzantini muestra la maestría de sus letras para describir con pocas palabras la muerte del esposo de Jamila y puede uno como lector trasladarse a esa escena y con-vivir y con-moverse con esas pocas palabras. Lo mismo cuando Angelina va recorriendo su antiguo barrio y va señalando las viviendas que recuerda cuando se fue y que ahora ya no existen a su regreso, viviendo la misma nostalgia que ella.
La ida y la vuelta de ambas mujeres me recuerdan el primer regreso de Alicia cuando hace casi quince años se fue a estudiar a Guadalajara. Querer que todo siga igual, aunque sea por unos pocos días, haciendo de la nostalgia una realidad ficticia, que ya no está. Se añoran las situaciones, las pláticas, los juegos, los viajes, las comidas, las tortas combi, las películas, las series… pero ahora ya no están. La italiana con una redacción impecable desfoga su talento para mostrarnos esta misma situación con las dos mujeres, que nunca llegan a conocerse, pero que empatan los mismos sentimientos, una de ida y otra de vuelta. Jamila añora lo que está dejando. Angelina añora lo que dejó y que ahora ya no está.
Al final, la novela deja entrever la crítica a la situación que está en el fondo. La guerra provocada por un dictador. Matan a Gadafi. Mazzantini afirma: “Nada de alegría, solo un macabro trofeo que ensucia a los vivos. La memoria es la cal sobre las aceras de la sangre. Somos libres. ¡Viva, viva!”.
Y volviendo a lo nuestro, mataron al líder de un cartel. Nada de alegría, solo un macabro trofeo que ensucia a los vivos. La memoria es la cal sobre los cadáveres que a diario se hallan, sean de delincuentes o sean de inocentes. Aún no somos libres…
Y cuando Alicia anuncia el regreso a su casa en ese domingo taciturno y que se ha vuelto noche, agarro las cuentas del rosario y ruego a Dios para que ella llegue a bien y toda la violencia cese… lo primero se cumple y lo segundo por las ceguera de muchos aún no.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida! Es Cuaresma, tiempo de oración.

