Ante el inminente inicio de la Cuaresma, el papa León XIV ha convocado a los católicos a adoptar dos actitudes fundamentales para este tiempo de preparación y reflexión: escuchar más y ayunar correctamente. Desde hace décadas, incluso en regiones de larga tradición cristiana, el ayuno ha perdido su dimensión social prohibitiva. Hoy, solo en unas cuantas localidades de México cierran las carnicerías los viernes o las estaciones de radio reducen su programación musical. El ayuno cuaresmal se ha vuelto un precepto más bien ambiguo para la mayoría de los católicos, mientras que el "ayuno intermitente" adquiere casi siempre una dimensión virtuosamente individualista.
Quizá por eso el pontífice estadounidense ha propuesto "una forma de abstinencia muy concreta" para esta Cuaresma: renunciar a las palabras hirientes, a los juicios precipitados, a las murmuraciones y a la calumnia. La idea no es nueva. En Adviento de 2025, el obispo Francisco Javier Acero Pérez pidió "días de tregua" sin violencia y con suspensión del "diálogo hostil" entre la sociedad y la clase política.
El llamado es noble y urgente, especialmente en el ámbito de la comunicación política contemporánea, donde las retóricas agresivas se acumulan unas sobre otras y, sobre todo, unas contra otras. Sin embargo, la maledicencia pendenciera no es exclusiva de las trincheras ideológicas y políticas; también es cotidiana en las identidades religiosas ideologizadas. Las nuevas radicalidades religiosas —fanáticos que se creen restauradores de deidades punitivas y de órdenes celestiales en la tierra— han abandonado el lenguaje de la tolerancia calcando el estilo irredento de la política.
Reducir el volumen de la violencia verbal es un buen propósito y una sana instrucción para los creyentes. Pero este llamado a la moderación también podría tener un efecto adormecedor no deseado: que desde los sectores privilegiados se utilice para diluir la expresión de la indignación, las luchas sociales, la búsqueda de justicia y las denuncias que no admiten estilos modosos.
Medir las palabras y cultivar la amabilidad, como pide el pontífice, resulta natural cuando el intercambio racional se da entre pares o semejantes. Sin embargo, cuando las desigualdades sistémicas son profundas o cuando los actos de poder abusivo provocan heridas y expolio de víctimas, el lenguaje de la indignación adquiere un sentido tanto activador como reparador. En ese lenguaje se insertan la denuncia y la esperanza de la lucha; el reclamo de justicia contra abusivos, depredadores, tiranos y opresores no suele expresarse en voz baja o elegante.
Juan Gelman lo escribió así: "Los blancos contaron un solo lado de las cosas, contaron para su placer, contaron mucho que no es la verdad… ¿fue así porque hablamos prestando mucha atención a la antítesis, al paralelismo, a la repetición, a la hipérbole, al soliloquio, a las preguntas retóricas, a las expresiones simbólicas, a los caminos que las palabras buscan para salir?... el hombre blanco nos quitó la tierra que pisaban nuestros pies; el hombre blanco mató niños indios… y en otras masacres, otros lugares, otros años… después contaron un solo lado de las cosas".
En efecto, quizá solo la gente satisfecha y cómoda —la que tiene qué comer y dónde dormir, la que puede pensar libremente en el futuro, la que tiene lo suficiente para cambiar su día; los sanos y plenos, los que tienen poder, libertad para decidir, un micrófono a su disposición, empleados o recursos a la mano; los que no pertenecen a una minoría despreciada, los que pueden devolver un bofetón— para todos ellos el ayuno de maledicencia no solo es positivo, sino urgente.
Sin duda, también quienes sufren y son sometidos, las víctimas y los descartados pueden desarmar su lenguaje de agresividad. Pero que no se confunda su legítimo clamor con una estridencia incómoda para aquellos "pacíficos" que quieren conservar un estatus y un orden, aunque estos sean signos de injusticia deshumanizante.
El pontífice mismo critica que el ayuno se convierta en tentación de orgullo y vanidad espiritual —que alimente la idea de cierta superioridad moral— y asegura que practicarlo debe servir "para discernir y ordenar los apetitos, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia". Es decir, para que bajo la excusa de cierto orden legal y del deber no se pierda la conciencia comunitaria.
A la petición del pontífice —urgente y necesarísima— de reducir la agresividad discursiva, quizá solo habría que añadir una perspectiva: la expresión de la indignación por las injusticias, los genocidios, la expoliación y los abusos impuestos a las mayorías sociales o a las minorías despreciadas no debe cancelarse por un cinismo irreal, dócil o crédulo. El contraste del pensamiento y el clamor de las víctimas requieren tanto de un volumen que suele ofender a los poderosos como de una creatividad singular que suele ofender a quienes creen que la piedad es voltear el rostro cuando la realidad les apremia.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

