Yo pongo todos los días a leer a mis hijos, todos los días, a la misma hora… nos sentamos en el sillón de la sala y nos dedicamos una hora y media a leer todos juntos, en silencio. A veces escogen ellos sus propias lecturas, pero la mayoría de las veces yo las elijo para garantizar buenos libros, casi siempre clásicos. Creo que les inculqué a mis hijos un buen hábito para toda la vida.
No soy yo quien pronunció estas palabras. Tampoco quiero balconearlo, pero las palabras son literales de un amigo padre de familia, quien está seguro que inculcó un buen hábito a sus tres hijos.
La lectura es un hábito muy peculiar, pero hábito al fin de cuentas, los que significa que se cultiva a través del tiempo con la repetición continua de la acción. La cuestión es cómo hacer que esa repetición continua se vuelva un hábito atractivo para el novel lector.
No todos somos iguales y por tanto la causa para cualquier motivación es distinta. En mi caso, puedo decir que en la casa paterna siempre hubo libros. Raras veces vi a mis padres tomar un libro, que no fuera la Biblia en su traducción latinoamericana de pastas azules. Pero sí vi, en cambio, a mis hermanos tomar los libros. Seguí su ejemplo. Tomé cuanto libro había. Primero los hojeaba, luego los ojeaba y algunos los terminé leyendo. No conversaba con nadie de mis lecturas… quizá me faltó esta conversación.
El papá que me contó lo del párrafo inicial hizo lo que creyó más conveniente. Yo no lo hice igual y no me arrepiento. Creo más bien en el ejemplo por ósmosis. No una lectura obligatoria, sino que al ver a alguien que con la lectura disfruta su tiempo, pueda ser ejemplo para que otros también disfruten tanto como él. Cada quien… yo así lo hice y así lo hago.
En cuanto a los clásicos…
En casa no había, y crecí sin leerlos. Decía yo que no me hacían falta. Leí en mi adolescencia cuanto bestseller me encontraba y luego me hastié un tanto. Después comencé con los del boom latinoamericano. Entrado en la segunda juventud probé los clásicos y los disfruté. Me llegaron tarde, pero los disfruté.
En esa madurez, me encontré con otro Robert Louis Stevenson, que había conocido con La isla del tesoro, de lectura obligatoria en la secundaria. Le leí El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en esa segunda juventud.
En mi caso, puedo afirmar que leer este texto de Stevenson con una mayor madurez que la de la adolescencia de lecturas obligatorias puede entenderse mejor el trasfondo de este libro. Creo.
Este texto del autor inglés narra la investigación que hace un abogado acerca de un amigo, el Dr. Henry Jekyll, y su relación con un criminal, Edward Hyde. Si la obra literaria se observa solo desde el punto de vista médico, podemos afirmar que la novela trata de una persona con un trastorno psiquiátrico de doble personalidad. Y podemos disfrutarla así porque el texto nos va llevando a conocer a ambas personalidades, muy distintas entre sí. Se disfruta la novela.
Pero creo que el autor quiere llevarnos más allá de un asunto médico psiquiátrico. Aquí, es posible, que la adolescencia no nos permita llegar a conocer ese trasfondo al que nos quiere llevar Stevenson.
Descubrí leyendo El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en mi segunda juventud que en una sola persona se da la lucha constante entre el bien y el mal. Me recuerda a San Pablo cuando afirma que se descubre haciendo el mal que aborrece y que no puede hacer el bien que realmente quiere. La lucha entre lo que realmente quiero y que no siempre puedo hacer.
Stevenson en su gran novela retrata pues esa lucha entre el bien y el mal. Entre mis buenos deseos y mis malas acciones. Entre lo mejor que hay adentro de mí y lo que no puedo hacer. Jekyll contra Hyde. El día y su luz contra la noche y la obscuridad.
Es un gran clásico, escrito con un estilo sobrio, de fácil lectura y sin complicaciones gramaticales. Además sin pretensiones en su forma, y eso creo que engrandece la novela.
Alguien podría haber leído esta novela en su adolescencia y haber descubierto el subyacente tema. Sin duda. Yo la descubrí en mi segunda juventud y la disfruté en su tiempo. No hubo clásicos en mis tiernos años, y cuando los fui descubriendo poco a poco fueron llenando mi alma en la medida que iban llegando.
El susodicho padre del primer párrafo puede dormir tranquilo si sus hijos, ahora ya mayores, siguen disfrutando la lectura. Cada quien conoce a sus vástagos. Yo, por mi parte, no lo hice de igual manera y puedo dormir tranquilo porque en casa siempre hubo libros. No muchos clásicos, pero sí de una variedad para que se escogiera.
Ahora estoy formando una pequeña biblioteca para que mis nietos -por lo pronto son Ethan y Élian- llegando a la adolescencia puedan escoger ampliamente, incluso clásicos, y por supuesto allí ya está El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

