La mojiganga política armada en el Senado de la República con la exposición de la estampita “mágica” con las efigies de los presidentes López Obrador y Sheinbaum Pardo –junto a símbolos católicos y patrios– nos obliga a ofrecer una reflexión que no se rebaje al nivel del espectáculo.
Lo primero que debemos decir es que no estamos sólo frente a la exhibición jocosa y sardónica de una mera propaganda política sino a la transferencia del poder político representado en una especie amuleto de asistencia extraordinaria durante la votación por la reforma político-electoral en México. Estamos, por tanto, frente a una etapa política en la que el poder delegado (la representación democrática) se sustituye por un poder ministerial que toma sus facultades incluso desde fetiches pseudorreligioso.
Pero vamos por partes. A inicios del 2026 comenzaron a circular en varias parte del país –aunque con prevalencia en la costa del Pacífico–, imágenes de pequeño formato que aluden al canivet y las estampas piadosas (tradicionalmente católicas) pero con las representaciones pictóricas de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo. La ilustración incluye la imagen de la Virgen de Guadalupe (la máxima representación de la piedad católica mexicana y de la identidad nacional), un ángel integrado a los colores de la bandera mexicana, el escudo nacional, la Victoria Alada (en la columna de la Independencia), la fachada de una iglesia con campanario, el Palacio Nacional y la pirámide de Chichen-Itzá.
El senador portante de la estampa respondió a la prensa: “Es la receta mágica para seguir avanzando en la transformación… para más democracia y menos privilegios”. Intentarán después decir que se trata de sólo una gracejada, pero detrás de la aparente broma hay una verdad incómoda: el poder de decisión de ese legislador (su voto y su actividad política) no está en el pueblo representado, ni siquiera en el partido que lo soporta, tampoco en algún liderazgo real y personal que le faculta sino en el objeto que representa un valor inalcanzable e incomprensible.
Cuando el poder del pueblo se delega en un representante, el valor del grupo social se constituye al desposeerse en favor de su portavoz; sólo así alcanza la unidad política, pues de lo contrario sólo habría un cúmulo de intereses dispersos y desorganizados. Pero, como en el caso que nos ocupa, cuando un representante delega su poder en favor de un objeto sacralizado (un bastón, una espada, una banda pectoral, etcétera) o remedo de un sacramental (como la estampa), entonces su autoridad ni siquiera les pertenece sino que se evidencia como producto de una delegación que el objeto hace sobre sus personas.
El valor del representante político ni siquiera es una propiedad objetiva de sí mismo o de la delegación del pueblo, sino por el valor simbólico del fetiche político al cual se le confiere de una cualidad “mágica”, como dijo el senador.
Esto genera una realidad política más sutil que Pierre Bourdieu describió como la estrategia del imperium y el ministerium. El sociólogo aseguró que el poder de un ministro (ya sea religioso o un político, en función de la delegación del poder en sus manos o en su palabra) proviene siempre de una ignorancia o desconocimiento de cómo el ministro “usurpa” el poder de una fuente superior; pero que, con frecuencia, la modestia y la abnegación son estrategias para ocultar el ejercicio de una dominación (imperium) bajo el servicio humilde o humillado (ministerium).
La estampa-fetiche político que algunos políticos fieles al régimen utilizan como muestra de que el poder proviene de una fuerza superior no sólo les humilla como delegados del poder del pueblo (como sus representantes) sino que también oculta los mecanismos de dominación de los que son capaces en el aparente servicio abnegado al poder ulterior.
Estamos, por tanto, frente a una involuntaria estrategia de dominación soportada en símbolos idealizados, etéreos e inaccesibles, deificados; cuyos ministros políticos entran en el ‘misterio del poder’ para ‘bajar el fuego a los hombres’ y así transformar los aparatos políticos, más por un designio que por el libre acto deliberativo del pueblo representado.
Esta estampa, que mezcla la Virgen de Guadalupe con los rostros de los líderes políticos partidistas-presidenciales –y que merece otra reflexión desde la laicidad del Estado–, no se trata de una herejía popular, sino del ministerio hecho “mysterium” en estado puro: los líderes del movimiento se presentan como si no fueran delegados contingentes de la voluntad temporal del pueblo, sino como una encarnación trascendente del pueblo mismo, ungidos por una fe civil que exige lealtad corporal y simbólica.
La estampa es el icono del fetichismo político: el producto de la delegación aparece como una emanación sagrada, y el aparato partidista —como buena Iglesia moderna— canoniza a sus santos para que los fieles olviden que fueron ellos, en su dispersión, quienes los hicieron portavoces de demandas sociales legítimas y válidas.
Podemos asegurar que allí donde hay una imagen política con aureola, hay un contrato social invertido: los ciudadanos ya no delegan poder, sino que veneran su propia alienación hecha estampa; o al menos es lo que en el fondo quieren demostrar ese senador y los promotores de este objeto. Si se les cuestiona, dirán que es una ocurrencia o un chascarrillo (tal como se hizo con el episodio de las ‘calaveras chidas’); pero Bourdieu lo llamaría el triunfo del efecto del oráculo: el portavoz habla a través de la santificación del mandato, y en su voz, el pueblo no puede hacer otra cosa que callarse y arrodillarse ante su propio reflejo consagrado. Por ello, la revolución contra esta clericatura moderna, como él mismo advertía, sigue siendo la tarea más urgentemente traicionada.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

