Primero hay que distinguir entre ambos fenómenos: La presencia de parafernalia religiosa entre delincuentes, narco criminales o capos de la mafia es, casi siempre, el reflejo de una amplia estampa cultural que les abraza. Un cuadro vivo que se manifiesta por vía de la tradición alegórica, del simbolismo devocional, piadoso y metafórico de un pueblo cuya imaginería religiosa teje buena parte de su cultura. El otro fenómeno, la espiritualidad en el crimen, representa un desafío mucho más complejo y concreto para las instituciones religiosas puesto que, en este caso, lo “religioso” está contaminado por intencionalidades de lucro, abuso o acumulación de poder mientras se justifican los actos de maldad como necesarios o inevitables.
Lo que ha pasado en las últimas semanas en torno al prendimiento y muerte del capo Nemesio Oseguera Cervantes ‘El Mencho’, identificado como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, tiene las dos dimensiones: la ostentación de objetos rituales o devocionales en la vida cotidiana del delincuente y la imbricación religioso-espiritual de una conciencia criminal asistida pastoralmente por uno (o más) ministros de culto.
Ambas caras de la misma moneda obligan a las instituciones religiosas formalmente constituidas y con suficientes edificios doctrinales y disciplinares a replantearse con seriedad el tipo de lenguaje, símbolos y narrativas evangelizadoras o de adoctrinamiento que usan o promueven.
En no pocas ocasiones, las instituciones religiosas han denunciado que las personas que ostentan los símbolos religiosos o pseudo religiosos desde la ignorancia o la superchería deben corregirse; de hecho, la Iglesia católica ha sido particular y abiertamente confrontativa a la imaginería simbólica de los ‘santones’ populares (como Jesús Malverde, Teresa Urrutia o Juan Oliveras) y de la llamada “Santa Muerte”. Para la doctrina católica, los símbolos de estas devociones (nacidas en los márgenes socioculturales de piedad y superstición) no sólo son paródicos de la religiosidad cristiana sino que están íntimamente vinculados a la justificación de actos inmorales, delincuenciales o al fatalismo de la venganza política, el homicidio y al determinismo escatológico.
Sin embargo, en el mundo criminal mexicano no sólo se encuentran las formas paródicas o marginales de la devoción católica; también tienen preeminencia algunas devociones populares aceptadas y promovidas por las jerarquías eclesiásticas: la Virgen de Guadalupe, el Santo Niño de Atocha, San Judas Tadeo, San Martín Caballero, etcétera.
Esta presencia de parafernalia religiosa de altares, veladoras, crucifijos, efigies de vírgenes y santos, escapularios y demás sacramentales en casas y guaridas de criminales, narcotraficantes o líderes de las mafias más simbólicas del mundo occidental no es algo nuevo ni inusual. Es reflejo de procesos culturales amplios y transgeneracionales; pero también podrían revelar matices del segundo fenómeno.
Debemos distinguir que el interés natural de las actividades delictivas o criminales está enfocado en obtener ganancias o poder (dinero o estatus); mientras que la dimensión religiosa está usualmente vinculada a la necesidad de protección (recibir amparo, auxilio o defensa sobrenatural), a la moralización de las actividades personales, y a la gracia de sentirse asistido por la divinidad.
Pero cuando ambas dimensiones se imbrican o se justifican mutuamente hay una corresponsabilidad también de parte de los guías religiosos.
Por ejemplo, el televangelismo no sólo popularizó la manifestación religiosa de afectación y exageración milagrosa en primetime; también afianzó la idea de la “teología de la prosperidad” a través de la cual se justifica la acción de Dios mediante dinámicas de donación pecuniaria. Bajo esa religiosidad, la ‘gracia divina’ y el ‘beneficio económico’ son mutuamente convergentes.
Otras espiritualidades, por ejemplo, promueven el éxito personal a fuerza de ‘decretar y manifestar’; y otras ‘protegen de la ley o del enemigo’ mediante jaculatorias, mantras u oraciones de textos sagrados. Y claramente es un desafío social y religioso si los ministros de culto o líderes religiosos ofrecen asistencia espiritual a delincuentes, poderosos o abusadores que les afiance en dichas convicciones de interés egoísta.
Porque el problema no es que se haga o no un “servicio pastoral” con criminales o personas atrapadas involuntariamente en la cultura del narco o dinámicas delincuenciales; sino que la misma “dirección espiritual” no les lleve al discernimiento, al cambio de vida y a la renuncia de los privilegios obtenidos por la violencia, el crimen o el abuso.
Y ahí hace falta claridad sobre si los pastores se van a acercar a los criminales sólo para ‘armonizarlos’ a la parafernalia religiosa ‘oficial’ y para conmoverlos a hacer donaciones o expiaciones económicas con bienes mal habidos (narcolimosnas), sino que con su acompañamiento los conduzcan al cambio de actitud y de actividades delincuenciales. Los ministros no pueden abstraerse de esa complejidad puesto que estamos hablando de fieles que creen y confían, tal como ellos.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

