Guadajalara, Jalisco.- En el marco del Segundo Diálogo Nacional por la Paz, el obispo de la Diócesis Tarahumara (Chihuahua), Juan Manuel González Sandoval, compartió la experiencia transformadora iniciada por la Iglesia católica y otras organizaciones sociales tras los eventos criminales acontecidos en Cerocahui el 20 de junio de 2022; situación que, por otra parte, precisamente detonó los trabajos articulados del diálogo por la paz en todo el territorio mexicano.
González Sandoval aseguró que “en medio del dolor aún es posible apostarle a la vida”; recordó que los acontecimientos de Cerocahui “nos marcaron de una forma que difícilmente se puede explicar con palabras, fue un golpe muy hondo para nuestras comunidades y para nuestra Iglesia. Con el asesinato de Javier, Joaquín, Pedro y Paul no sólo se expresó la violencia en su forma más cruda, quedó a descubierto una realidad que arrastrábamos de hace tiempo: familias heridas, comunidades cansadas, jovenes y adolescentes creciendo sin las condiciones mínimas para un desarrollo integral y digno”.
“Como obispo, les confieso, que eso me conmovió profundamente y me hizo preguntarme qué nos pedía Dios como Iglesia para atender a la gente en la Tarahumara. No podíamos quedarnos en el duelo y la denuncia, aunque ambas cosas fueran necesarias, estábamos llamados a resignificar el dolor, en trabajar un proyecto pastoral concreto, sanar el dolor y un proyecto comunitario: familia, comunidad y la salud mental”.
El obispo pidió al sacerdote de la región, Francisco Moriel –enlace diocesano con el Diálogo Nacional por la Paz–, explicara los trabajos desarrollados desde entonces. Moriel coincidió que los eventos de Cerocahui marcaron un parteaguas que por supuesto “nos trastocó en lo más hondo de la existencia y nos recordó lo frágiles que somos entre la vorágine de inseguridad”. Pero, sobre todo, los enfrentó a un sistema añejo, de sufrimiento provocado no solo por la violencia, sino por las circunstancias estructurales que aquejan a la comunidad. Por ello “nuestro propósito desde el principio fue fortalecer factores de protección en niños, niñas, adolescentes, jóvenes y familias en situación de riesgos psicosocial, en la región de la Sierra”.
La Iglesia local desarrolló acciones para la prevención de violencia, ante el consumo problemático de sustancias y en la atención a la salud mental. Moriel destacó el servicio del programa Vínculos para la Vida (modelo preventivo para infancias y juventudes en riesgo) y el programa Centro Manresa, centro ambulatorio que atiende a través de terapia los procesos de sanación.
Moriel sintetizó que la acción organizada ha logrado incidir en más de cinco mil personas (861 adultos que son parte de una familia o a 4 mil 947 niños, niñas, adolescentes y jóvenes, quienes en algún ámbito disminuyeron sus riesgo psicosocial); y especialmente destacó el auxilio a los jóvenes de la Universidad Pedagógica Nacional del Estado de Chihuahua, en donde a partir de la implementación de círculos restaurativos, la tutoría docente y la canalización psicológica, de orientación y de desarrollo humano: “Hemos logrado reducir en un 95% la tasa de intentos de suicidio, en una matrícula estudiantil de 230 jóvenes cerranos”.
El sacerdote concluyó agradeciendo a todos los involucrados en los proyectos especialmente por las dificultades inherentes de trabajo en la Sierra Tarahumara; pues se trata de un territorio complejo, que es lugar de encuentro en donde una diversidad de culturas, gentilicios y pueblos indígenas, y mestizos, coexisten cotidianamente; y donde “a veces hay encuentro desde el diálogo hipercultural y otras tantas, desde el racismo, o una discriminación y la desigualdad”.
“Hoy toca seguir dirigiendo nuestra mirada hacia propuestas y alternativas de comunicación, sanación y reconciliación en todos los niveles, ya sea desde lo familiar, lo barrial, educativo… Todo en función de una paulatina reconstrucción del tejido social. Esta es nuestra mayor convicción, porque creemos que en la construcción de otra realidad es posible”, concluyó Moriel.

