Paysandú, Uruguay.- Ante unas 40 mil personas en el Parque París Londres, el papa León XIV celebró su primera eucaristía masiva en suelo sudamericano. Usó tres símbolos locales —el puente internacional, las palmas de yatay y el mate— para hablar de la fe, recordó al beato Jacinto Vera durante el sitio de 1864 y, ya en la Basílica, improvisó un saludo con una frase que recorrió la región: “Creemos que la paz es posible”.
La jornada del sábado 7 de noviembre de 2026 comenzó temprano en Paysandú. Desde las 5:30, los fieles ingresaron al Parque París Londres en un flujo constante. La organización instaló puntos de hidratación, servicios higiénicos y pantallas gigantes. El clima fue benigno para la concentración a descampado: un cielo encapotado y temperaturas templadas de entre 17 y 21 grados durante la mañana, después de la lluvia que había caído durante toda la madrugada y que llenó los pies de barro a los primeros en llegar.
El despliegue de seguridad fue el mayor de la gira hasta ese momento: unos cinco mil policías de todas las jefaturas del país y un poco menos de dos mil efectivos de las Fuerzas Armadas. Para la celebración no sólo acudieron uruguayos, cerca de cuatro mil argentinos cruzaron la frontera para participar de la Misa, según las estimaciones de los medios locales.
El avión del pontífice aterrizó en el aeropuerto Brigadier General Aviator Tydeo Larre Borges y la multitud estalló con un cántico deportivo: “¡Olé, olé, olé, olé, Papa, Papa!”. Los aistentes volvieron a vitorearlo, tocaron bocinas y agitaron pañuelos amarillos cuando llegó en el papamóvil de costados abiertos al lugar de la celebración. Era la primera misa multitudinaria de León XIV en tierra americana y la primera visita de un papa a Uruguay desde 1988.
Tres símbolos para una homilía
La homilía tomó como eje tres elementos del paisaje y la cultura locales. El primero fue el puente: “En esta ciudad de Paysandú se encuentra el Puente internacional General Artigas, que atraviesa el río Uruguay, uniendo dos países limítrofes. No es difícil imaginar los beneficios que genera un puente: apertura, comunicación, intercambio. Por eso, ¡qué importante es ser constructor de puentes!”, afirmó el pontífice.
Sin embargo, advirtió que todo puente necesita buenos cimientos “para que no sucumba a las corrientes más enfurecidas”. Y lo compartó con la formación cristiana: “Necesitamos estar bien preparados para dar razones de nuestra fe a todo el que nos lo pida y no dejarnos arrastrar por cualquier clase de doctrinas extrañas”.
El segundo símbolo fue el palmar abundante de la región de Paysandú. “El justo florecerá como una palmera”, citó del Salmo 92. “Este árbol es resistente a la fuerza de los vientos, posee raíces profundas, se eleva rectamente hacia el cielo en busca de luz y produce el dulce fruto del yatay”.
Y reflexionó: “Así también la Iglesia es una comunidad de hermanos que hunde sus raíces y bebe de un manantial común: la Palabra de Dios, los Sacramentos, la oración y la acción caritativa”.
Finalmente, León XIV habló sobre el mate: “Pensemos en un símbolo que está presente en cada hogar de este país, en cada lugar de estudio y de trabajo, en cada reunión de amigos. Me refiero al mate”, dijo León XIV. “El mate es signo de familiaridad, de amistad y de encuentro. Nos enseña a compartir y a estar juntos, a estrechar los lazos que nos unen y hermanan. Es signo de acogida, de integración y de valores comunes”. Y añadió un dato que la crónica de la jornada registró como uno de los momentos de mayor complicidad con la multitud: “¡También hasta Roma ha llegado el mate!”. La frase fue celebrada por los presentes y recogida por las agencias internacionales quienes no dudaron en relacionarlo con el origen argentino del papa Francisco.
El obispo gaucho que cruzó el río
La homilía dedicó un pasaje extenso al beato Jacinto Vera, el “obispo gaucho”, cuya figura fue el hilo conductor de toda la jornada: “Acudía a atender a los enfermos a caballo, a pesar de las grandes distancias, de los peligros del camino y de las inclemencias del clima”, recordó el Papa. “El ‘obispo gaucho’ recorrió tres veces el territorio uruguayo, llevando fe y esperanza a sus habitantes”.
El momento histórico que el pontífice destacó fue el sitio de Paysandú de 1864: “Mons. Vera se instaló en la Isla de la Caridad, frente a la ciudad sitiada, para atender a refugiados y heridos de ambos bandos. Allí se quedó hasta la caída del sitio para acompañar a su gente, suplicando en nombre de Dios que los ejércitos de hermanos se dieran el abrazo fraternal”. La historiadora y los medios locales confirman el episodio: Vera se trasladó a la isla del río Uruguay con un grupo de religiosas y atendió a heridos de los dos bandos durante el sitio que Venancio Flores impuso a la ciudad.
Vera nació en 1831 en un barco frente a las costas de Brasil, cuando sus padres viajaban desde las Islas Canarias hacia la Banda Oriental. Fue beatificado por el papa Francisco en 2023. La figura del obispo Vera , según las crónicas periodísticas a ras de suelo, ha sido el “gran leit motiv de todo este viaje apostólico”.
El saludo en la Basílica: “La paz es posible”
Al terminar la misa, León XIV se internó en la ciudad y se trasladó a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo, proclamada basílica menor por Pío XII en 1949. En el interior del templo, rezó y bendijo una estatua de Jacinto Vera. Afuera lo esperaban cerca de mil fieles. El pontífice tomó un micrófono e improvisó un resumen de su homilía.
“Creemos que la paz es posible y queremos construir la paz”, dijo en español ante la plaza. Repitió los tres símbolos: el puente que une países y pueblos, los palmares que representan la comunidad de fe y el mate como signo de encuentro.
“Que estos símbolos nos ayuden también a seguir viviendo nuestra vida a pesar del dolor, de las dificultades, de los desafíos, buscando la presencia de Dios entre nosotros”, afirmó. Después descubrió una placa conmemorativa de su visita junto al obispo de Salto, Arturo Eduardo Fajardo Bustamante, y se acercó a saludar y abrazar a varias personas con discapacidad y enfermas que lo esperaban en el atrio.
Los regalos y el libro de honor
En la conclusión de su breve estancia en Paysandú, ya en el aeropuerto, antes de emprender el regreso a Montevideo, el intendente local, Nicolás Olivera, entregó al pontífice un rosario elaborado artesanalmente y un poncho de lana teñido con flores de marcela y nogal que combina técnicas de macramé y crochet.
León XIV firmó el Libro de Honor de la ciudad y escribió una oración: “Le pido al Señor que bendiga a los habitantes de Paysandú, fortalezca sus esperanzas y haga fructificar el bien que siembran cada día”.
La jornada en el interior uruguayo terminó con el regreso del pontífice a Montevideo, donde su agenda continuaría con una visita al barrio Borro y una vigilia en el Estadio Centenario. La primera misa sudamericana de León XIV dejó una imagen que las crónicas locales registraron con detalle: la de miles de personas con el termo y el mate en la mano, escuchando a un papa que, desde un parque de Paysandú, les habló de puentes, de raíces y de un ritual que, según sus propias palabras, “enseña a compartir y a estar juntos”.

