Montevideo, Uruguay.- Ante obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas reunidos en la Catedral Metropolitana, el papa León XIV recorrió la historia de Uruguay a través de dos símbolos —la pila bautismal de José Gervasio Artigas y la tumba del beato Jacinto Vera— y lanzó una invitación que excede las fronteras de la nación sudamericana: jornadas de oración y ayuno por las vocaciones en todo el mundo. La jornada terminó con un saludo improvisado a los jóvenes que lo esperaban frente a la Nunciatura.
La luz de la tarde caía sobre el casco antiguo de Montevideo cuando el papa León XIV llegó a la Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción y de los Santos Felipe y Santiago. Lo hizo a bordo de un carrito de golf adaptado como mini papamóvil, después de recibir las llaves de la ciudad y firmar el libro de honor en el trayecto desde la Plaza Independencia. A lo largo del recorrido, niños vestidos de santos, de sacerdotes y de bomberos esperaron su paso. Una niña sostenía un cartel en el que pedía un abrazo.
El templo, de estilo neoclásico y con dos torres que se alzan sobre la Ciudad Vieja, albergaba a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas. La celebración era la de las Vísperas, la oración del atardecer, y el escenario no era neutro: en la nave derecha de la catedral se encuentra la pila bautismal donde recibió el bautismo José Gervasio Artigas, y bajo las bóvedas descansa el cuerpo del beato Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo.
La pila de Artigas y la mirada de los ídolos
León XIV comenzó su mensaje con una referencia a ese espacio: “Es una alegría celebrar con ustedes la oración vespertina en esta Catedral, que conserva tantos recuerdos de la vida de su pueblo. Entre ellos, la pila donde recibió el Bautismo José Gervasio Artigas, signo de la fecunda contribución de la Iglesia al bien del país”, afirmó. El pontífice vinculó ese comienzo histórico con el de la vida cristiana: “Por el Bautismo, Cristo nos ha hecho partícipes de su vida y nos invita a crecer en su semejanza”.
A partir del Salmo 134, el Papa construyó una advertencia sobre la deformación del corazón humano. “Los hombres construían aquellas imágenes y terminaban pareciéndose a ellas. Así es el corazón humano: poco a día va tomando la forma de aquello que ama y en lo que deposita su confianza”, dijo.
Dirigiéndose a la vida sacerdotal y religiosa, el Papa hizo una advertencia directa: “A veces puede quedar enganchado a una obra que consideramos nuestra, al reconocimiento que recibimos o a la tranquilidad de tenerlo todo bajo control”. La consigna que dejó fue una sola: “La fidelidad a nuestra vocación pide volver una y otra vez a Jesucristo; dejar que sea Él nuestro tesoro, aquel a quien queremos parecernos”.
El contraste con los ídolos —“tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven”— sirvió para describir al Dios en quien confía la Iglesia. “Él ve el sufrimiento de su pueblo y escucha su clamor”, afirmó, y recorrió episodios del Evangelio: la mirada a Zaqueo en el árbol, la escucha a Bartimeo entre la multitud que lo mandaba callar, la mano extendida para tocar a un leproso. “Así es nuestro Dios. En Jesús hemos conocido cómo nos mira y cuánto nos ama”.
Las manos que envejecieron haciendo el bien
El Papa se detuvo en los signos concretos que, según su homilía, ha dejado el amor de Cristo en quienes han pasado años en el ministerio: “Sus ojos han visto crecer a generaciones enteras y han descubierto lágrimas que pasaban inadvertidas. Sus oídos han acogido confidencias difíciles de pronunciar”, dijo. Y añadió una frase que resume el centro de su mensaje a los consagrados: “¡Qué hermosas son las manos que han envejecido haciendo el bien!”.
La figura que utilizó como modelo fue la del beato Jacinto Vera, el “cura gaucho”, cuyo sepulcro se encuentra en esa misma catedral. De él citó el testimonio de una religiosa que lo trató durante años: “De verlo nada más parecía que estaba siempre en oración”. Vera, primer obispo de Montevideo, recorrió el territorio uruguayo, socorrió a los pobres y administró los sacramentos en un período de fuerte tensión entre la Iglesia y un Estado que se consolidaba como laico y, en ocasiones, anticlerical.
“He aquí uno de los secretos de la evangelización: parecernos a Aquel a quien anunciamos”, afirmó León XIV. La frase tiene un contexto concreto en Uruguay, un país donde, según el propio pontífice, “muchos de nuestros contemporáneos apenas conocen a Jesucristo y tantos jóvenes han crecido lejos de la vida de la Iglesia”.
Del seminario vacío a la invitación universal
El momento de mayor proyección internacional de la homilía llegó con la referencia a una experiencia local: “Cuando, en 2024, el seminario interdiocesano no recibió nuevos candidatos, muchos fieles comenzaron a unirse en jornadas de oración y ayuno para pedir al Dueño que envíe trabajadores a su mies”, recordó el Papa. La iniciativa se sostuvo en el tiempo. “Hoy damos gracias porque varios jóvenes han comenzado su camino en el seminario y en la vida consagrada y están sentados en medio de nosotros”.
A partir de ese caso, León XIV amplió el horizonte: “Desde esta Catedral de Montevideo, invito a mis hermanos obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada”. La invitación incluyó a parroquias, familias y comunidades religiosas. “¡Que el ejemplo de esta tierra anime a muchos otros a pedir con la misma confianza!”, añadió.
La consigna no era nueva en el pontificado. En su mensaje para la Cuaresma de 2026, León XIV ya había llamado a una forma de ayuno que calificó de “práctica y a menudo olvidada”: la de abstenerse de “palabras que ofenden y hieren al prójimo”. En agosto de 2025, había convocado una jornada de ayuno y oración por la paz.
El lío de los jóvenes uruguayos: ¡Canten, hasta la hora que quieran!
Al terminar las Vísperas, el pontífice se trasladó a la Nunciatura Apostólica, donde un grupo de jóvenes lo esperaba. No llevaba un discurso escrito. “¿Dónde están los jóvenes? ¿Dónde está la juventud del Papa? ¡Más fuerte!”, arengó desde el balcón. “Muchas gracias por la acogida. Veo que Uruguay es un país de jóvenes que tienen fe”.
Como sucede en otras visitas pontificias, jóvenes y feligreses suelen apostarse en el exterior de la nunciatura donde descansa el Santo Padre y el espacio público se convierte en una fiesta de cantos, rezos y jolgorio. Por ello, antes de despedirse de los fieles que se apersonaron frente a la representación diplomática, el Papa les dijo también con alegría:
“El Nuncio dice que quiere dormir, ¡pero canten hasta la hora que quieran! Bueno, quizás no tanto, porque los vecinos también van a querer dormir”, bromeó.

