El próximo 4 de octubre se realizará la primera vuelta electoral en Brasil para elegir su presidente, gobernadores, miembros de la Cámara y demás representantes legislativos. La contienda se ha empañado especialmente por escándalos mayúsculos de corrupción y tráfico de influencias que salpican prácticamente a todos los partidos políticos y a sus principales candidatos: Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.
Sin embargo, ha sido la polémica en torno a la Virgen de Aparecida la que, paradójicamente, ha sido utilizada con más interés por los partidos políticos para definir al próximo mandatario brasilero.
Como se sabe, Lula da Silva busca su cuarto mandato desde el Partido de los Trabajadores (PT) enfrentándose esencialmente a Flávio Bolsonaro del Partido Liberal (PL), hijo del expresidente Jair Bolsonaro sancionado como ‘inelegible’ hasta 2030 por abuso de poder político.
Entre el 24 y 25 de septiembre pasados, comenzó a circular una noticia falsa en la que se afirmaba que el movimiento político de Bolsonaro (más cercano al creciente evangelismo protestante y pentecostal) intentaría promover una ley que retiraría a Nuestra Señora de Aparecida como patrona de Brasil.
El bulo creció exponencialmente en redes sociales entre alarmismos y el humorismo propio de los memes políticos. Se hizo viral, por ejemplo, el post del comediante Antonio Tablet (productor del Back Door brasileño) donde sugería que los Bolsonaro eran tan racistas que, por odiar a las mujeres negras, atacaban a la misma Virgen de Aparecida que es una advocación mariana negra y mestiza.
Evidentemente, el entourage de Lula aprovechó el momento para robustecer al candidato presidencial de discurso y simbología católica. El PT capitalizó políticamente la polémica en diversos mítines y entrevistas donde se insistió en que el movimiento de izquierda política tuvo su origen en las Comunidades Eclesiales de Base (CEB’s) y en la Teología de la Liberación católicas. Por ejemplo, en un evento, Lula recibió y exaltó la imagen de la Virgen mientras clamaba: “Nadie va a tocar a Nuestra Señora mientras yo sea presidente”.
Y si bien la noticia se consignó como fake news, la historia tiene un sustrato verdadero:
En 2007 el diputado Victório Galli, empresario y pastor protestante, miembro del Partido Progresista (aliado del movimiento bolsonarista), presentó el Proyecto de Ley 2.623/2007 para cambiar la expresión “Nossa Senhora Aparecida Padroeira do Brasil” por “padroeira dos brasileiros católicos apostólicos romanos” para excluir de su patronazgo a los no-católicos en el día feriado del 12 de octubre. La iniciativa fue desechada; pero el ex asesor del presidente Jair Bolsonaro, como muchos otros políticos miembros de Iglesias protestantes, han buscado usufructuar el crecimiento de fieles evangélicos con sus movimientos políticos particulares.
El episodio no quedó allí, Flávio Bolsonaro acusó a los propios pastores católicos de la CNBB (Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil) de promover la animadversión contra su partido y manipular al electorado católico; y, al igual que Lula, comenzó a usar la imagen de la Virgen en actos de campaña para intentar granjearse la preferencia del electorado católico.
Los obispos, por su parte, rechazaron la acusación de Bolsonaro y pidieron prudencia respecto a la utilización de lo religioso en las contiendas políticas, así como el uso de simbología e imaginería religiosa dentro de las campañas de convencimiento del electorado.
Para zanjar la cuestión, el propio Tribunal Superior Electoral de Brasil ordenó el retiro y censura de publicaciones en redes sociales donde se relacionara a Flávio Bolsonaro con la iniciativa anti-patronazgo del ex asesor de su padre.
Y paradójicamente, ha sido esta polémica sobre la Virgen María la que fue utilizada por todos los partidos para diluir los escándalos de corrupción por el esquema multimillonario de fraude financiero y lavado de dinero estructurado dentro del Sistema Financiero Nacional de Brasil en el que tanto sus candidatos políticos como sus operadores se encuentran involucrados.
Como fuere, esta polémica reabre el sempiterno debate sobre intolerancia religiosa, la laicidad del Estado, el uso electoral de símbolos religiosos, el evangelismo político anticatólico y el catolicismo político-estructural; pero también se actualiza con otros fenómenos modernos: el evangelismo sionista (grupos cristianos de la teología del dominio y la prosperidad a favor del genocidio de Israel en Gaza), el milenarismo político (promotores de un profetizado reinado de mil años de Cristo) y el laicismo excluyente (que demanda plena libertad religiosa pero únicamente para ciertas religiones ‘buenas’).
En este escenario surgen nuevas preguntas sobre dónde debemos colocar la frontera entre la libertad religiosa, la autonomía estatal, la participación ciudadana y el uso político de la fe; y por ello también resulta pertinente y urgente el llamado a custodiar el ‘delicado equilibrio’ en la relación entre las iglesias y el Estado, así como en promover una justa laicidad que garantice tanto la separación institucional como el diálogo y la cooperación para el bien común.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

