Un martes apacible de vacaciones, repantigado en mi sillón favorito en el que leo y releo lo que luego doy cuenta a mis cuatro lectores, daba vueltas y vueltas con el dedo medio a la pantalla de mi lector digital cuya marca contiene una manzanita mordida. Jugaba con la aplicación del Facebook.
Aparecían las publicaciones de todos mis centenares de amigos, muchos a quienes no veo presencialmente desde hace años. De pronto, en el descanso entre impulsos de mi dedo derecho apareció un anuncio que no había divisado antes. Tribu, club del libro. Órale…
Parecía atractivo, pero en la modorra vespertina de aquel martes apacible decidí dejarlo para más tarde. Eso creía yo. El algoritmo ya no me dejó en paz. Pero necio que soy yo cuando me decido a comprobar que le puedo ganar al algoritmo, dejé mi lector digital a un lado con la manzanita mordida hacia arriba. Me distraje acomodando treintaidós libros que no había clasificado desde el invierno anterior cuando me regalaron tres cajas de una biblioteca personal.
Volví a mi sillón favorito, en el que también me mido periódicamente mi presión arterial, y sin mediar conciencia real tomé mi lector digital. La Tribu, club del libro, lo invita a unirse… Válgame, diría el paisano Pascal Beltrán del Río.
Vencido por el algoritmo me adentré con pausa al anuncio de la Tribu. Una especie de suscripción, pagando una cantidad fija cada mes, llega por mensajería un libro de literatura y una revista acerca del ejemplar y de su autor… interesante… es como un libro secreto que llega en una pequeña caja… suena bien… con una cuidadosa edición… órale… encuadernado en pasta dura con un colorido diseño… va… y las lecturas son recomendadas por afamados escritores… chido… el primero es recomendado por Ángeles Mastretta…
Apunto mis datos y me suscribo. Seré partícipe de la primera edición mexicana de la Tribu. Pienso, mientras doy clic al espacio del CVC.
Cuatro días después llega mi caja, mi revista y mi ejemplar de Pronunciaré sus nombres, de Tamara Trottner. Lo adelanto de la lista que tenía prevista para el final del verano. A Tamara no tenía el gusto de conocerla, y me adentro a su texto.
No es novela. Es una memoria de su ascendencia familiar judía, que tuvo que sortear la increíble persecución desatada contra ellos en la primera mitad del siglo pasado. Un memorial, pues.
Tamara cuenta la historia y las historias de sus familias paterna y materna con el fin de no olvidar sus deseos, sus aventuras, sus alegrías, sus tristezas, sus luchas, sus escapadas, sus heridas… va hilvando con el correr de las páginas el correr de la vida de sus ancestros, con una redacción sencilla, sin aspavientos, pero con precisión. No es cruel, pero las historias son crueles y se tienen que contar con toda esa realidad. Da pena que la humanidad haya vivido un desastre como aquel, y más pena que se haya dado en países del llamado primer mundo.
Pronunciaré sus nombre es un llamado de atención para no olvidar lo ocurrido. Un memorial de cómo la política ideologizada divide familias, divide al hombre, divide a la humanidad y lo que se construye posteriormente, aunque logre restaurar en parte lo perdido, no logra amalgamar lo que se ha roto con tanta violencia y tanta crueldad.
Las páginas 196 y 197 me dejaron atónito, con las lágrimas cayendo en remolino. Trottner reflexiona con su amigo Avram y le cuenta la escena de cuando los soldados nazis llegan a la sastrería de su padre. “Mi padre se levantó, resignado, vencido. ¿Sabes, Avram? Ahora entiendo por qué nos pueden matar a sangre fría, en realidad cuando nos ven, nosotros ya nos sentimos cadáveres, ellos solo tienen que jalar el gatillo en la frente de un muerto…”.
Este párrafo manifiesta lo que ya dije. No es crueldad en la redacción. Es crueldad en la realidad y Trottner nos trae todo es bagaje y sentimiento que debiera volcarse para que podamos gritar a todo pulmón que todo aquello no debe volver a ocurrir. No debe.
La autora, para expresar toda esta escena descrita, hace decir a una dama: Le dolían las palabras. Y sí. Duelen. “Lo decía quedito, pero con suficiente fuerza para que el viento pudiera elevar su nombre”, dice Tamara.
Aunque el destino final de la familia de Trottner quería llegar a Estados Unidos, las circunstancias convirtieron a México en la meta para huir del infierno. Hubo parte de la familia que no llegó. A todos ellos, a los que sucumbieron en sus tierras, a los que huyeron pero no llegaron a su destino, a los que llegaron allá en Estados Unidos y aquí en México… a los que ya fallecieron y a los pocos que aún viven, Pronunciaré sus nombres intenta recordarlos para que permanezcen al menos en la mente y así puedan pervivir en el corazón.
Así sea.
La Tribu llenó mis expectativas en su primer volumen. Ojalá que el segundo, que ya viene en camino, mejore en la decena de detalles de edición que descubrí en aquel. Recibiré mi segundo caja y en mi sillón preferido, el que me regaló la inefable Dora, la abriré esperando que sus historias se conviertan en mis historias.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

