Quiero algo nuevo, algo cuyo autor no haya leído, incluso sin haberme detenido en la contraportada que inhibe o desinhibe la conciencia para comprar el libro o dejarlo de lado. Con esa convicción entré a la Librería Gandhi aquella tarde de lluvia intensa de aquel jueves inolvidable en el que conocí por primera vez los Viveros de Coyoacán.
Había vuelto a la capital mexicana después de gozar unos días de esparcimiento en el estado de Oaxaca. Había disfrutado el centro colonial, lo habíamos recorrido a pie con esa danza cadenciosa en que se envuelve uno por entre la plazoleta a un costado de la catedral. Quedé admirado en el templo de Santo Domingo de Guzmán con ese espectacular dorado de su escenario interior.
Como todo Mendoza que se precie de ser Mendoza, quedé prendido de la comida oaxaqueña. Sobre todo de las tlayudas. Y en las playas de Puerto Escondido, de las diferentes presentaciones del pescado fresco, acompañadas de una cerveza Pacífico bien fría.
Para rematar, los libros elegidos para emprender el viaje fueron atinadamente devorados, de tal manera que cuando llegué al hotel, un día antes de la visita a las liberarías, no había página libre que leer. Afortunadamente llevaba un buen bote de champú con largas instrucciones, con lo que me entretuve antes de que los ojos se me cerraran. Noescierto…
Llegado el día, detenido en la puerta principal de la Librería Gandhi, que está en la calle Miguel Ángel de Quevedo, y después de haber recorrido de lado a lado los Viveros de Coyoacán y de gozar en serio la caminata por entre sus largas sombras y sentir el olor a tierra húmeda que sabe a gloria, pensé en lo que podía comprar en ese recinto de multidiversidad cultural.
Estaba muy claro. No quería ningún autor que hubiera leído con anterioridad. Me detuve entonces en el primer aparador, el que recibe a todos los clientes. Casi cincuenta títulos en exhibición. Dos decenas cumplían con el requisito. Primera discriminación: libros cortos. No más de 300 páginas. Que sean novelas. Quedaron ocho. Segunda discriminación: no más de 300 pesos cada uno. Quedaron tres. Me traje tres.
El que quedó arriba cuando regresé a casa fue Los elefantes mueren de sed, del tapatío Hiram Ruvalcaba. No le di tregua. La misma noche lo abrí.
No está mal escrito. Hay párrafos que a mi juicio rebasan la calidad promedio de otros autores. Pero ni el tema ni el desarrollo lograron convencerme.
Flavio y Marina parecen ser una pareja ordinaria en una sociedad ordinaria en un tiempo ordinario que viven su vida sumidos en una ordinariez sin adjetivos. Tienen un hijo, Héctor, que en su infancia vive la etapa en la que todos los niños se enamoran de un tema en específico. Héctor está inmiscuido con los elefantes. Sus padres, especialmente Flavio, no viven con la misma sintonía que el vástago.
Ambos planean un viaje a la playa, pero se interpone el plan del papá de Flavio para llevarlos a la cabaña de su propiedad en el bosque al sur de Jalisco. Recordar el pasado, dicen.
Hiram Ruvalcaba, con su pluma ágil pero firme, da cuenta de la vida sigilosa de Flavio. Se ha enamorado de Marisol, una joven que de pronto aparece en su vida y se ha convertido en algo importante en su ordinariez.
La mitad de la novela del tapatío va de vaivén en vaivén. La llegada a la cabaña. El deseo de Marisol de ir a su encuentro. La discreción de Marina. Héctor se pierde en el bosque. Un discurso moralista de la mamá de Flavio. La revelación de una infidelidad del papá de Flavio. La dejadez en la relación del hermano de Flavio con su novia. La insurrección de Marisol. Y una última escena que desenvuelve a su manera el autor, que no me deja totalmente convencido a mí, un humilde lector de un libro que escogió casi casi al azar.
Lo que haya querido decir el autor se me pierde entre los discursos moralistas de los protagonistas, un tema trillado y una escena final que no logro describir ni entender ni diseccionar para acomodar palabras aquí para explicarla.
Ruvalcaba se pone neutral -creo- ante los diversos panoramas que él mismo plantea en su novela. No es error, es una decisión propia. Pero a mi humilde entender pierde fuerza ante la disyuntiva final que expone la escena que no logro describir.
Está Flavio con su infidelidad que aparantemente oculta pero que no sabe cuál es su auténtico rol ante su familia. Está Marina que con su indiferencia no logra cuajar ni en su rebeldía ni en su aceptación. Está la mamá de Flavio que acepta una condición indebida y vive como si nada pasara. Está el padre de Flavio que pareciera que solo vive para su nieto, sin importar lo demás ni su infidelidad. Está Marisol, a quien creo que el autor la quiere reflejar como la más cuerda, pero que retrata lo más equivocado en la ordinariez de la novela.
En fin, creo que el libro, dentro de lo bien escrito que está, le falta saber cuajar a los protagonistas. Creo.
Las otras dos novelas que tomé de ese aparador de la librería de Miguel Ángel de Quevedo tienen mejor puntuación en mi calificación. Ya les platicaré.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

