Apenas se lo comenté el último miércoles a Dora. Recordaba al P. Joaquín Díaz Anchondo, de muy feliz memoria, y mis pininos en estos fascinantes mundos de la escritura.
“Fernando -gritaba el Padre Díaz con un escondido pero grandioso cariño-, estas líneas no tienen ningún ritmo. No sirven para leerse porque no tienen ritmo… vuélvelas a hacer”.
Me enseñaba cómo, golpeando rítmicamente la mesa que ocupaba la mayor parte del ancho pasillo del tercer piso del edificio del Obispado a mediados de los años 80. Así lo recordaba con Dora, golpeando con un compás aletargado mientras le explicaba cómo las frases y las sílabas de lo que se escribe debe coincidir en la sinfonía del ritmo, como me lo enseñó el sacerdote que por estas fechas debe cumplir alrededor de 30 años de fallecido.
El arte de escribir.
Luego se fueron añadiendo mayores consejos de otros. El P. Dizán Vázquez, Angel Otero, Francisco Javier Ortiz el Chivo, Juvencio Estrada (qdep), Juan Manuel Andazola, Carlos Mario Alvarado, Raúl Gómez Franco, Leo Zavala… También algunas mujeres: Paty Ulate (qdep) y Carolina Cardona (qdep).
Pero todo lo enseñado no puede producir fruto si no hay un ejercicio de aplicación. Escribir. Escribir. Escribir. Y volver a escribir. En medio, correcciones, oír consejos, releer, corregir y releer. Después, escribir, escribir y escribir. Para poder escribir es necesario leer a otros. Leer a los grandes. Pero también a los no-grandes. Leer. Leer. Leer. No parar de leer si quieres mejorar en escribir. No hay otro camino.
La escritora Isabel Allende lo dice muy bien. “La escritura es como el deporte, hay que entrenar siempre para que no se atrofien los músculos”.
Ella lo aplica en su vida diaria. Así lo cuenta en su último libro La palabra mágica, una vida escrita. Y así lo publicita: “Isabel Allende comparte los triunfos, errores y aprendizajes que los desafíos y las alegrías le han brindado a lo largo de los años”.
Acababa de pasar por una semana de lecturas exhaustivas, con la luz del buró encendida todavía en la madrugada y apenas el sol se filtraba con sus primeros rayos a través de la persiana ya estaba yo con la lectura. Fueron diez días complejos. Había salido de ellos, cuando en la tienda del tecolotito me encontré con lo nuevo de Isabel Allende. No es de mis favoritas, pero sé de su calidad. Salí con él sabiendo que no lo leería de inmediato.
Fue el primer libro que eché en la maleta en el viaje a Oaxaca, antes del desastre previo a mis indecisiones y ansiedades. Lo terminé en Zicatela, una playa de surf en Puerto Escondido, mientras Alicia y yo compartíamos una tarde de agosto de mucho sopor después de haber ido a ver el fenómeno de la bioluminiscencia.
No es solo un libro de consejos para alentar el arte del buen escribir. Es Isabel Allende abriendo su corazón para exponernos su proceso de creatividad. Lo agradezco con el corazón, porque yo -igual que la escritora- “si no escribo, se me seca el alma”.
Lo repite. “Para mí la escritura no es una opción, es una adicción”.
“Escribir es como meditar. En la soledad recuerdo, escucho voces, tengo visiones. Mientras más callada estoy, más oigo y más veo”. Me pasa lo mismo. Me vuelvo solitario, me encierro, sin música, en la penumbra saco mi lap y doy rienda suelta a la imaginación, quien sintiendo la libertad da vuelcos por el espacio y termina vertiendo sus palabras en el orden en que se van aquietando. A la mañana siguiente me sorprende no pocas veces de lo que es capaz la imaginación volcada en libertad.
“No hay creatividad sin silencio y soledad”.
Isabel Allende -como yo- cree en el diálogo entre escritor y lector. “Escribir y leer sin experiencias muy íntima; en silencio y en privado converso con el lector, nos comunicamos, compartimos, nos damos la mano a través de la distancia y del tiempo”. Es una de las razones por las que al leer siempre mantengo en mi mano derecha un plumón o el marcatextos. Subrayo lo que me sorprende, marco lo que me llama la atención o en lo que no estoy de acuerdo. Escribo al margen lo que pienso. Dialogo con el autor con esas frases.
“La escritura es un arte de alquimia, un ambicioso intento de trasmutar en oro la malo y lo feo del mundo, transformar los demonios en ángeles, las fuerzas de la oscuridad en actos de esperanza, solidaridad y redención”. Al igual que Isabel Allende, me encantan las historias con esperanza, con luz, con la novedad del arte que puede transformar lo negro en blanco, lo deshumano en humano y lo humano en divino. Soy de esos lectores. Intento ser de esos escritores…
Híjole, le eché mucha salsa. A pesar de lo leído y de lo escrito, a pesar de tratar de seguir los consejos de muchos como los de Isabel Allende, a pesar de corregir una y otra vez lo escrito… a pesar de todo ello soy consciente del inmenso mundo que me falta recorrer en estos lares. Porque solo soy un humilde acomodador de palabras, Solo eso.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

