El pasado 25 de mayo, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnífica Humanitas, dedicada en parte a la inteligencia artificial.
La reacción mayoritaria, tanto de los medios en general como incluso de los medios católicos, fue concentrarse en los aspectos negativos que el documento señala sobre esta tecnología. Muchos interpretaron el mensaje como una expresión de temor. Incluso algunos ven algo retrógrado en la manera en que la Iglesia, según ellos, interpreta la inteligencia artificial.
No advierten que en la misma encíclica hay más de dieciocho párrafos dedicados a los aspectos positivos de esta tecnología. ¿Qué está diciendo realmente la encíclica sobre la inteligencia artificial? La inteligencia artificial no es el centro del documento. El centro es la persona humana: sus capacidades, sus necesidades y las dificultades que enfrenta para lograr su pleno desarrollo.
El mensaje es que debemos aprender a utilizar esta nueva tecnología y tener, como con cualquier otra, una conciencia muy clara de cómo aprovechar sus beneficios. Así ha ocurrido con la mayoría os desarrollos tecnológicos. Pensemos, por ejemplo, en la energía nuclear, que tiene un enorme potencial bélico, pero también grandes beneficios en la generación de energía y en el campo de la salud. Sería absurdo rechazarla por sus aplicaciones militares.
Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial. El documento no llama a rechazarla, sino a conocerla, aplicarla, comprender sus limitaciones y aprovechar sus beneficios. Pero, precisamente para aprovecharla plenamente, debemos reconocer esas limitaciones.
La conclusión de la encíclica deja muy claro el pensamiento del Papa sobre la inteligencia artificial, aunque es uno de los aspectos menos citados del documento. En el párrafo 245 se afirma:
“También el tiempo de la inteligencia artificial puede ser un paso en que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas”.
Vista desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no es una amenaza que deba evitarse. Por el contrario, quienes proponen limitarla, abandonarla o considerarla intrínsecamente peligrosa podrían estar incurriendo en un verdadero pecado de omisión.
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