O Opinión

Buena Esperanza | UNAM, más allá del caos y la polarización

En los últimos días, la Universidad Nacional Autónoma de México y sus autoridades han estado prácticamente en boca de todos debido a la problemática ejecución y atención de su examen de admisión en este año. Mucho se ha discutido sobre los errores técnicos, operativos y administrativos que evidentemente deben tener tanto responsables como repercusiones. Sin embargo, la Universidad enfrenta otro desafío menos evidente y más profundo: el intento de descrédito a su imponderable peso social y cultural en nuestro país.

Claramente, todo el proceso relativo al esclarecimiento de las deficiencias técnicas y estructurales del examen en línea exige tiempo y respuestas concretas de parte de las autoridades universitarias. Y de hacerse –no sin generar discordias o mayores tensiones de las ya existentes– cada escenario de respuesta parece que está condenado a crear insatisfacciones que serán catalogadas por los afectados como injusticias. Y ahí se necesitará con urgencia un acompañamiento que abrace, que atempere los ánimos y que camine junto a los afectados.

Ahora bien, respecto a los artilugios utilizados deshonestamente para obtener alguno de los extremadamente disputados lugares en la máxima Casa de Estudios se requiere un valiente diálogo en conciencia con los propios aspirantes y sus familias para asimilar no sólo la finalidad selectiva del examen sino el sentido mismo de la Universidad y la educación superior.

La UNAM ha sido –y debe seguir siendo– uno de los principales espacios de encuentro y diálogo, progreso y cultura, desarrollo y reflexión, que tiene México. Su función social e histórica en nuestro país no sólo ha sido productiva, resolutiva y forjadora de prestigios sino esencialmente promotora de la contribución de la educación superior a una sociedad menos desigual, más creativa y más comprometida con los vulnerables.

En sus casi 100 años de autonomía y gracias a la contribución solidaria de todo el pueblo mexicano, la UNAM ha favorecido significativamente a la movilidad social ascendente de un incontable número de estudiantes, familias y comunidades. Además, gracias a su espíritu social y público, ha defendido –como pocos centros educativos– un sentido vocacional profesional no utilitario, ni obsesionado en prerrogativas o beneficios crematísticos inmediatistas.

Por eso, en estas horas bajas de la institución universitaria, es importante ponderar la grandeza de la UNAM no sólo por sus logros académicos o éxitos, sino por su impagable servicio a una cultura de educación social. Hay que dimensionar con justicia los errores y exigir consecuencias, pero también atenuar las insidias pragmáticas que pretenden politizar, instrumentalizar o usufructuar la crisis vigente.

Hay que matizar que el actual entuerto universitario no es exclusivo de esta institución sino reflejo de una mayor crisis ética, de legalidad y de ponderación del bien común por encima de los intereses egoístas. Por ello, frente a los ánimos vindicativos, pendencieros y dramáticos, resulta necesario un llamado a la prudencia y a la calma. Es evidente que un ambiente polarizado y de descalificaciones virulentas y agresivas no sólo no ayuda, sino que entorpece la potencial participación transversal, comprometida y generosa de la sociedad (y el resto de los universitarios) para cuidar una institución que, a pesar de todo, sigue ofreciendo certeza, credibilidad, confianza y futuro en un país vulnerable y en un momento tan delicado como el que vivimos.

Ya lo advertía el papa León XIV en ‘Magnifica Humanitas’: “En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato… Es necesario abandonar una visión del hombre individualista y técnica, como si la realidad fuera solamente materia para modelar con base en intereses egoístas, tanto individuales como de grupo… La fidelidad a la verdad exige integrar las posibilidades que ofrece la técnica en un camino de sabiduría, capaz de custodiar juntos la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra Casa común” (n. 237).

Además, en su carta apostólica ‘Diseñar nuevos mapas de esperanza’ sobre la importancia y la actualidad de la educación en la vida del ser humano, el pontífice considera que las comunidades educativas deberían ser esos espacios donde se dialogue desarmando las palabras, donde se auxilie a las personas a levantar la mirada (tanto en imaginación y creatividad como en justicia y servicio) y donde se custodie el corazón, es decir, donde el centro sea la persona y no el programa, sea la relación humana y no los fines del recurso tecnológico.

“Educar –continúa el Papa– es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad”; la UNAM, como ese espacio privilegiado de educación y cultura que ha acompañado a nuestra patria, merece una mirada más amplia y generosa, para pensar horizontes aún mejores. Todo lo demás es un mero resultadismo, efímero y utilitario.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe