Era martes, después de mediodía. Caía el sol a plomo, y yo sentía varios hilillos de sudor por mi espalda, protegida por mi camisa blanca de lino. Mi sombrero de ala media protegía mi rosto del sol en ecuador.
Habíamos visitado la catedral, y estaba más que atento, provocando que mi lado místico dominara mis emociones. Buscaba explicaciones, y Daniel estaba dispuesto a responder mis dudas.
Estábamos en la plaza, frente a la catedral. Pregunté: ¿Hasta dónde llegaba la gente aquí en la plaza, y por dónde comenzó todo? Daniel fue explícito.
Estaba en San Salvador. Quería saber cómo fue el funeral de Mons. Óscar Arnulfo Romero. El arzobispo había sido asesinado de un certero balazo la tarde del 24 de marzo de 1980, justo cuando había finalizado su homilía en la capilla de la Divina Providencia en el Hospitalito, una clínica para niños con cáncer. Su cuerpo cayó justo al lado del altar, mientras todo se llenaba de su sangre.
El funeral fue el 30 de marzo, exactamente donde me encontraba aquel martes de calor intenso. Era obvio que no podía haber sido dentro de catedral. Habían acudido más de 100 mil personas.
“La gente no cupo en la plaza, y estaban hasta más allá de aquel edificio y hasta donde se ve aquel otro”. Daniel trazó su brazo hacia el frente y hacia el lado derecho. Divisé el Palacio Presidencial. “Arriba había francotiradores”, dijo.
Aún no había terminado la Misa de exequias aquel domingo de 1980, cuando se oyeron disparos. Seguramente salidos de la azotea del Palacio. “Luego vino la estampida”. Más de 100 mil personas queriendo escapar al mismo tiempo. Miles buscaron refugio en la catedral y edificios aledaños. Daniel escenificaba lo que ocurrió hacía 46 años. No se sabe con certeza cuántos fallecieron entonces. Dicen que de 75 a 100. Unos por las balas y otros aplastados por la muchedumbre. Además, unos 200 heridos de gravedad. Lo cierto es que la Misa que no pudo terminar Mons. Romero tampoco se concluyó con la de exequias.
Todo esto lo recordaba yo una y otra vez, desde las primeras páginas y a medida que fui avanzando con la lectura de Actos humanos, de Han Kang. A cada página que leía de la Nobel de Literatura 2024, me remontaba a la tarde del martes cuando pude ver con mis ojos el escenario de aquel funeral inacabado.
Ignoro si la escritora coreana conoce la historia de Mons. Romero y su funeral sin fin, pero sí que conoce la represión, porque su libro es un texto que duele precisamente porque expone sin miramientos la represión y la crueldad humanas.
Actos humanos lo adquirí en mi última visita a la Ciudad de México, cuando hube terminado mi viaje a El Salvador, donde me encontré con mi santo. Willi me había advertido de su brutalidad, “pero sé que lo comprenderá”.
Es un texto que no disfruté, por la crueldad expuesta, pero que no pude dejarlo. Es que la pluma de Kang es excelsa, aun cuando tenga que narrar la bestialidad.
Curiosamente, el origen de Actos humanos también se remonta a 1980. En mayo, en la ciudad natal de la autora, hay manifestaciones de toda la población, especialmente de estudiantes, en contra de la dictadura coreana. Como sucede en tantas partes y en muchas fechas distintas, el ejército reprime dichas manifestaciones. El resultado es de decenas de muertos, centenares, quizá miles.
Han Kang recoge testimonios de aquellos días difíciles de masacres, y hace sus crónicas noveladas de la crueldad vivida aquellas semanas de represión.
La Nobel hace narrar la escena dantesca a una joven que busca a su amigo de entre decenas y decenas de cadáveres apilados en un polideportivo, y pude yo encontrar entre sus frases el horror que imaginaba en aquella plaza salvadoreña.
En un atinado capítulo, Kang hace hablar a un alma que observa su propio cuerpo desde fuera de él y explica lo que ve mientras llegan muchísimos cadáveres al polideportivo. “Casi no me reconocí porque era la primera vez que me veía con los ojos cerrados”.
Lo que describe la autora es la represión y barbarie en Corea del Sur. Pero es también la de cualquier parte y en cualquier época. Es 1968, en Checoslovaquia y en México. Es Tiananmen y Sudáfrica del apartheid. Es el muro de Berlín. Es Venezuela y Nicaragua. Es Medio Oriente. Es Nigeria…
La pluma de Han Kang es excelsa, porque es universal.
Un personaje de Actos humanos se pregunta. “¿Cuál es la esencia del ser humano? ¿Qué tiene que hacer el ser humano para no ser otra cosa que humano?”. Kang tiene la respuesta y lo describe una y otra vez en el texto.
En medio de la barbarie y la crueldad y la brutalidad, se yerguen auténticos seres humanos que con pequeños hechos devuelven la esperanza. Son pequeños actos humanos que hacen pensar que existen hombres y mujeres que aun con tanto caos responden con generosidad ante la adversidad. Son estos actos humanos que vuelven humanos a los seres, y convierten la palabra “humano” en sustantivo antes que en adjetivo.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

