Puerto Príncipe, Haití.- Las campanas de las parroquias de Haití suenan cada vez menos; en la capital, 40 iglesias han cerrado sus puertas. En la meseta central, otras 15. En Artibonito, una decena más. No es un fenómeno natural ni una crisis económica. Es el resultado de una guerra silenciosa que las bandas armadas libran contra la única institución que todavía las enfrenta: la Iglesia Católica.
La "Perla de las Antillas", como solía llamársele a Haití, se ha convertido en un territorio fragmentado donde el poder no lo ejerce el Estado, sino grupos criminales que controlan entre el 70 y el 90 por ciento de Puerto Príncipe. Las carreteras principales son peajes ilegales. Los barrios son feudos. Y la ley, cuando existe, es la que imponen las armas.
En medio de este escenario, el obispo de Jérémie, Joseph Gontrand Décoste, lanzó una advertencia que resuena como un eco de otros tiempos y otras persecuciones: "Somos el último muro de contención que queda: moral, ético, espiritual y profético... Por eso [los poderes fácticos] quieren eliminarnos".
El blanco de las pandillas
La violencia contra la Iglesia no es incidental. Entre 2024 y 2026, las bandas han asesinado a religiosas, secuestrado a sacerdotes y quemado conventos. El 31 de marzo de 2025, las hermanas Evanette y Jeanne, de la congregación de las Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús, fueron asesinadas mientras se encontraban en misión en Mirebalais. En los primeros siete meses de 2026, un seminarista fue asesinado y dos sacerdotes fueron secuestrados.
Las escuelas católicas, muchas con más de un siglo de historia, han corrido la misma suerte. Las bandas las asaltan, las incendian o las convierten en sus bases de operaciones. Nadie sabe si algún día podrán reabrir ni en qué estado quedarán.
El origen de este control pandillero no es reciente. Se remonta a los años noventa, cuando el presidente Aristide, temiendo un golpe de Estado, desmanteló el ejército y creó una milicia paralela. Pero el punto de inflexión llegó en 2018, cuando el Gobierno recurrió a las bandas para sofocar una revuelta popular. Desde entonces, mediante asesinatos, secuestros y extorsiones, los grupos criminales han extendido su influencia con total impunidad.
"Mientras no nos hayan cortado la cabeza..."
A pesar de todo, la Iglesia no se ha rendido. En un país donde las instituciones han colapsado, los obispos, sacerdotes y religiosos continúan su labor adaptándose a las circunstancias más adversas.
"Seguimos rezando, cantando y bailando", afirma Décoste. "En Haití decimos: 'Mientras no nos hayan cortado la cabeza, todavía tenemos la esperanza de llevar un sombrero'. Por eso nunca perdemos la esperanza".
Las radios diocesanas transmiten misas y programas religiosos. Los seminarios mantienen sus puertas abiertas, aunque los cerca de 200 seminaristas deben refugiarse bajo la cama cuando las balas perdidas atraviesan las paredes. Las peregrinaciones y procesiones se realizan siempre que es posible, y los fieles desafían la inseguridad para participar en las grandes fiestas marianas.
De vez en cuando, ocurren pequeños milagros. En Puerto Príncipe, en una zona conocida como "Village de Dieu" y controlada por las bandas, la parroquia de Santa Bernardita tuvo que cerrar. Pero con motivo de su fiesta patronal, fueron las propias bandas quienes exigieron que reabriera y que se celebrara la festividad.
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Los niños de la hermana Paesie
En Cité Soleil, una de las zonas más pobres y peligrosas de Puerto Príncipe, la hermana Paesie dirige la organización Kizito Family, que administra hogares, escuelas y programas de catequesis. La semana pasada, las pandillas atacaron una zona donde la organización tiene una de sus escuelas. La mayor parte de la población huyó, excepto algunos ancianos que no pudieron hacerlo. La mayoría de ellos fueron asesinados.
"Los padres comenzaron a traernos a los niños para que los protegiéramos", relató la religiosa a EWTN News. El 9 de agosto recibieron a unos 20. Al día siguiente, llegaron otros 50. Entre ellos había cuatro hermanos que estaban solos cuando ocurrió el ataque. Sus padres habían ido a trabajar y un primo los tomó y huyó con ellos. Cuando el padre regresó a casa, no sabía que había ocurrido el ataque. Fue asesinado y quemado. La madre no apareció.
Las Misioneras de la Caridad aceptaron recibir a las niñas. La hermana Paesie se quedó con los niños.
Un país sin elecciones, una Iglesia sin tregua
Las elecciones presidenciales y legislativas, previstas para el 30 de agosto, han sido aplazadas hasta el 13 de diciembre. Serían los primeros comicios nacionales desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021. Pero la pregunta que flota en el aire es si realmente podrán celebrarse.
"El país puede organizar elecciones en tres meses si decide hacerlo. La pregunta es: ¿qué tipo de elecciones?", planteó Diego Da Rin, analista del International Crisis Group. Si el gobierno insiste en celebrar comicios el 13 de diciembre, "una gran parte del electorado va a quedar por fuera de las elecciones", advirtió.
Mientras tanto, la Iglesia sigue siendo el único baluarte que queda en pie: "Por ser la única institución que denuncia abiertamente el control ejercido por las bandas, la Iglesia se ha convertido en un objetivo prioritario", explica monseñor Décoste.
La comunidad internacional, sin embargo, no ha permanecido indiferente. La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) apoya a la Iglesia en Haití mediante el respaldo a emisoras de radio diocesanas, proyectos de energía solar y la formación y el sostenimiento de sacerdotes, religiosas y catequistas. En 2024, ACN apoyó a la Iglesia en Haití a través de casi 70 proyectos con más de 1,5 millones de euros (casi 30 millones de pesos mexicanos).
Los obispos de Estados Unidos, por su parte, han advertido repetidamente sobre las condiciones de inseguridad en Haití y han pedido a los legisladores que extiendan el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los ciudadanos haitianos. El arzobispo de Miami, Thomas Wenski, afirmó que poner fin a las protecciones sería "enviar a las personas de regreso a un edificio en llamas".
La esperanza como resistencia
En un país donde más de 1,4 millones de personas han sido desplazadas por la violencia, donde las bandas controlan las carreteras y donde el Estado es una sombra, la Iglesia se mantiene como el último espacio de libertad.
"En criollo decimos: 'Pitit Manman Marie pa janm pèdi batay'", dice Décoste. "¡Los hijos de la Virgen María nunca pierden una batalla!".
No es una declaración ingenua. Es una afirmación de resistencia. La Iglesia en Haití no tiene ejército ni armas. Tiene radios, escuelas, seminarios y, sobre todo, una comunidad que se niega a dejar de cantar y bailar mientras las balas amenazan el la vida social.
"Esta capacidad de resistencia es posible gracias al gran apoyo que sentimos por parte de organizaciones como ACN", agradece el obispo y concluye: "Sus oraciones nos sostienen enormemente; sin ellas no podríamos seguir adelante".

